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Banderas hasta el horizonte, uniformes planchados con disciplina de museo, helicópteros sobrevolando la capital, generales sonrientes.
- Políticos contentos.
- Magnates optimistas.
- Comentaristas ebrios.
Una nación completa frente al espejo, practicando la sonrisa oficial para la fiesta del César.
Donald J. Trump alcanzó los ochenta años.
El cumpleaños coincidió con los festejos patrióticos rumbo al aniversario doscientos cincuenta de Estados Unidos.
Nada resulta más norteamericano durante el siglo veintiuno: patriotismo, espectáculo, mercadotecnia y televisión convertidos en una sola religión.
La Casa Blanca pareció escenario de lucha libre.
Algunos soñaron incluso con instalar un octágono permanente para funciones de UFC.
- Pan y circo versión streaming.
- Julio César habría pedido regalías.
- Calígula habría solicitado palco VIP.
- Nerón habría exigido micrófono.
Desde los cielos llegaron formaciones aéreas, motores rugiendo sobre monumentos de mármol.
El eco militar recorrió avenidas diseñadas para repúblicas virtuosas, vendedores ambulantes ofrecieron recuerdos patrióticos fabricados al otro lado del Pacífico.
El águila imperial también conoce las cadenas globales de suministro.
Trump saludó como emperador moderno.
- Sin corona visible.
- Sin toga romana.
Sin necesidad de ocultar ambiciones.
La corte digital cumplió su función.
- Influencers.
- Empresarios.
- Ex deportistas.
- Comentaristas de televisión.
- Todos alrededor del trono mediático.
La realidad perdió otra batalla frente al espectáculo.
Los fuegos artificiales prometidos para los grandes festejos nacionales crecieron dentro de la imaginación colectiva, más luces, más ruido, más brillo, más pólvora simbólica.
- Roma también adoró los espectáculos.
- Roma también confundió entretenimiento con eternidad.
- Roma también creyó vivir el capítulo final de la historia.
La leyenda cuenta una escena imposible de borrar, Nerón observando incendios, escuchando gritos, acariciando cuerdas musicales mientras la ciudad ardía.
Verdad histórica o mito conveniente, da igual.
Toda civilización termina fabricando sus propias metáforas.
La nuestra posee pantallas gigantes, la romana utilizó mármol, en otra mesa apareció el asunto iraní, diplomáticos redactando puntos, negociadores corrigiendo párrafos, asesores calculando ventajas, versiones filtradas, desmentidas, corregidas.
Versiones nuevamente filtradas, la política internacional convertida en serie de suspenso.
Analistas prometieron paz, críticos anunciaron desastre, mercados financieros apostaron sobre cada palabra, el petróleo escuchó atento, los misiles permanecieron comedidos.
La incertidumbre conservó su empleo, otro espectáculo avanzó hacia el horizonte.
La Copa Mundial FIFA 2026, Canadá, México y Estados Unidos.
- Tres anfitriones.
- Tres discursos triunfalistas.
- Miles de millones invertidos.
- Millones de aficionados soñando con boletos.
- Millones adicionales resignados frente a precios imposibles.
El fútbol global descubrió nuevamente su principal virtud, transformar pasión popular en lujo corporativo, la distancia entre tribuna y pantalla nunca resultó tan evidente.


