
Ese 20 de enero, en su primer día de regreso a la Casa Blanca, firmó una declaración de emergencia en la frontera (vaya si la convirtió en realidad, obligando además a México a desplegar en esa misión a miles de policías y soldados), anunció el inicio del proceso de expulsión de millones de “extranjeros criminales” (echó fuera con firmeza y crueldad a millones de personas y, en efecto, acabó con los migrantes y los indocumentados), y dijo con rotundidad que designaría a los cárteles criminales como organizaciones terroristas extranjeras (lo hizo en febrero para poder atacarlos en donde estén).
Fue en esa intemperie cuando habló de la posibilidad de enviar tropas a operar en el territorio mexicano, lo único que no ha ocurrido, o que no ha cumplido.
México se ha plegado a las órdenes de Washington en el combate a los criminales, como un alumno aplicado que debe demostrarle día a día al maestro que está haciendo la tarea.
Pero el maestro quiere más.
Sus dos últimas evaluaciones antes de cumplirse el año concluyen:
- Que los cárteles están dirigiendo México (Trump, enero 9) y
- Que Estados Unidos necesita tener ya resultados concretos y verificables (Marco Rubio, enero 15).

