
Habla María Salazar, esposa de unos de los siete, o diez, ingenieros secuestrados el viernes 23 en el complejo minero de Concordia, Sinaloa, a menos de una hora de Mazatlán.
“Que nos digan si están haciendo algo por buscarlos”.
Dirige su exigencia tanto a la empresa —la canadiense Vizsla Silver— como a las autoridades estatales.
Me cuenta que, entre las siete y siete y media de la mañana, un grupo de ingenieros y trabajadores aguardaba en la zona de descanso a las camionetas que los trasladarían al área de las minas.
Ocurrió entonces lo de costumbre, en Sinaloa, en México: hombres armados, indefensión, el secuestro masivo.
La empresa y las autoridades callaron ante las primeras revelaciones de los familiares.
Tuvo que venir la Asociación de Ingenieros de Minas y Geólogos a detonar el caso.
María relata que todavía el jueves en la noche habló con su esposo, con quien solía mantener comunicación telefónica diaria.

