
A las seis y media, saliendo del programa de radio.
Nos encontramos en una de las múltiples y atestadas terrazas de la Plaza de Olavide, en el barrio de Chamberí, Madrid, que a esa hora debía congregar a no menos de 500 personas.
No veía al expresidente desde el 1 de diciembre de 2024, cuando coincidimos en un foro sobre la fraternidad entre México y España:
Él, como uno de los expositores, yo, como moderador. Subrayo la fecha porque propagandistas de la 4T intentaron transformar el evento en una especie de prueba de que él y yo nos preparábamos para conspirar contra el naciente gobierno de Claudia Sheinbaum.
La cosa es que me mandó un mensaje de WhatsApp, nos citamos el 28 de agosto y conversamos largo.
Una plática de la que aún no estoy autorizado a revelar el contenido.
Puedo decir que me sorprendieron las revelaciones e ideas que escuché.
En un par de ocasiones se acercaron mexicanos a saludarlo y pedirle una foto.
Calderón no tiene miedo de pisar la calle ni de que le griten o lo incordien.
No se está escondiendo.
Por las noticias supe después que estaba en la Ciudad de México, donde participó en un foro contra la persecución política en Nicaragua, Cuba, Venezuela, y que luego fue a Monterrey, al evento público del alcalde Adrián de la Garza, a quien dice apreciar y respetar.
El viernes 2 de octubre me dio una entrevista vía Zoom sobre el violento episodio de la estatua despedazada en Los Pinos.
Le pregunté cómo se sentía al respecto.



