¿Qué es el Conatus?

El impulso sagrado: Por qué a mis 82 años decidí no rendirme
Tengo 82 años y, en el último año, mi cuerpo se ha convertido en un campo de batalla.
Primero fue un infarto que me dio un susto tremendo.
Hace apenas dos meses, una embolia intentó apagar mis luces, afectando mi mente y mi movilidad.
Hoy, contra todo pronóstico, he recuperado el 80% de mis capacidades: puedo pensar con claridad y volver a moverme.
En la quietud de mi recuperación, me hice una pregunta obligada: ¿Qué me trajo de vuelta cuando todo parecía perdido?
La respuesta la encontré en una palabra hermosa: el Conatus.
Los filósofos lo definen como ese impulso primordial y sagrado que todos llevamos dentro; la fuerza natural que te dicta preservar el milagro de tu propio ser a toda costa.
No es un pensamiento lógico, es algo más profundo.
Es la voz de tu propia naturaleza susurrándote al oído: “Estás vivo, no te rindas”.
- Conatus: Es la rebelión interior
- La física del alma: El Conatus y el acto sagrado de sostenerse en pie
- El susurro primordial: Reflexiones sobre el Conatus y la rebelión del ser
- La victoria más noble: El impulso del Conatus frente a la fragilidad humana
A veces, cuando el cuerpo falla, tirar la toalla parece la opción más fácil.
Pero este impulso sagrado te obliga a rebelarte.
Me enseñó que la primera gran victoria de la vida no es lograr una hazaña increíble, ni volver a ser el de antes.
El triunfo más noble y humano es, simplemente, el acto de sostenerse en pie un día más.
El arte de permanecer y expandirse
Cada mañana despiertas con un latido silencioso, una marea que empuja desde el centro de tu pecho.
No es una simple elección; es el Conatus, el latido eterno de la sustancia divina que se empeña, a través de ti, en preservar su propia eternidad.
Eres la naturaleza misma que se contempla, se respira y se sostiene viva, recordándote que existir es ya un milagro absoluto.
En los días en que la niebla y las sombras nublan el mundo, este sagrado esfuerzo no anhela conquistas mundanas ni externas.
Busca un milagro mucho más íntimo: la geometría perfecta de la armonía, el equilibrio y el fluir invisible de la vida en cada brizna de tu ser.
Como el árbol ancestral que hunde sus raíces con terquedad en el misterio de la tierra para resistir la tempestad.
Esa unión perfecta es tu potencia en acto; es tu manera de cantarle al universo que este es tu sitio: firme, sereno y adaptado.
Sin embargo, custodiar la existencia es apenas la mitad del viaje.
En los filamentos de tu alma habita también la Voluntad de Poder: ese fuego vibrante que aborrece la quietud del estanque y te exige quebrar los horizontes.
No late en ti el deseo burdo de someter a otros, sino la urgencia sagrada de adueñarte de tu propio destino, de florecer, expandirte y derribar los muros que pretenden empequeñecer tu estatura.
Incluso cuando el cansancio deje caer sus sombras y te susurre que cedas, el ABC de la potencia del universo seguirá actuando en ti, impulsándote a continuar.
Tres ideas para recordar
a) El triunfo de sostenerse: Cuando el cuerpo falla y el espíritu y el alma se rebelan.
b) Estás vivo, no te rindas: La voz oculta que nos mantiene en pie.
c) La victoria más noble: El arte humano de resistir.
Esta victoria parcial
Esta victoria parcial —todas lo son— se dio gracias al acompañamiento, cuidados, unión y sacrificios de mi esposa, Lorena; de mis hijos: Diana, la mayor; Jenny; Ana Luisa, “Bichito”; mi único hijo hombre, Ernesto Joel; y Melissa, “Chukymoli”, la actriz.
Y desde ahí, a un número amplio de amigos: del amigo de batallas Ismael; a Robert y su equipo, que estuvieron atentos desde mi llegada a Clínicas 34 hasta que salí de la operación; al amigo Plácido, que empezó a movilizarse, a quien contacté cuando iba en la ambulancia; a todos ellos y los que llevo en mis pensamientos y corazón.
Mención especial a los médicos de Cardiología de la Clínica 34 del IMSS, por su profesionalismo y humanismo; a los médicos de Urgencias de la Clínica 2 del IMSS, que actuaron con diligencia y profesionalismo ante mi embolia.
A los amigos doctores de mi recuperación, al Dr. Limón y al amigo desde mi juventud en la UNAL, Dr. Jesús Herrera, encargado de la recuperación de las secuelas de la embolia, quien constantemente recuerda que su padre se fijó la meta de llegar a los 100 años y lo logró, y que está siempre alentándome.
A ustedes
A ti, Lorena, mi compañera, la raíz y el centro,
que habitas mis silencios con amor consagrado;
a ustedes, mis hijos, el motor y amor y esperanza que llevo dentro,
del brote del mañana que Dios me ha prestado.
Y a ustedes, amigos, el puente y la hoguera,
la mano que sostiene si el cuerpo se cansa;
Gracias infinitas, familia y amigos, por hacer de mi invierno, primavera,
y ser en la tormenta mi puerto y confianza.

