La política, la corrupción y las placas tectónicas

Es una de las actividades en las que la sociedad deposita su confianza para administrar, construir, impartir justicia, etc.
Y en política, el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.
Hace apenas unos días, la tierra se encargó de recordarnos algo que preferimos todos olvidar.
El doble terremoto que sacudió a Venezuela —dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5, separados por apenas treinta y nueve segundos— dejó muertos (todavía no tenemos el dato confirmado de cuántos) y a una nación entera preguntándose cuánto de esa tragedia fue obra de la naturaleza y cuánto de sus gobiernos.
Las imágenes cuentan la historia:
Edificios desplomados como si estuvieran hechos con palillos, estructuras que se doblan sin resistencia, como si nunca hubieran sido construidas para sostener nada más que la ilusión de una ciudad.
Los especialistas ya empezaron a preguntarse —con la cautela que exige la ciencia, no con la premura de la acusación— qué papel jugaron las normas antisísmicas, o la ausencia de ellas.
No es un fenómeno exclusivo de Venezuela ni de un gobierno en particular, la historia de América Latina está llena de escombros que hablan más de corrupción que de sismología.
Pero cuando el derrumbe ocurre bajo un poder que lleva más de dos décadas gobernando sin rendir cuentas, es inevitable que la pregunta se dirija hacia ese gobierno.
Mientras tanto —y no me gustan las comparaciones, pero esta es inevitable— en Tokio la respuesta a la naturaleza es otra.
Bajo la ciudad corre una red de túneles y silos gigantescos, el llamado "templo subterráneo", capaz de desviar el agua de varios ríos hacia el Edogawa cuando las lluvias amenazan con desbordarlo todo.
El canal se encuentra a 50 metros de profundidad y se extiende a lo largo de 6,3 kilómetros, costó una fortuna, y Japón lo construyó entre 1993 y 2006, evitando desde entonces miles de millones en daños.
No es magia:
Es planificación sostenida durante más de una década, con presupuesto sin interrupciones y honestidad.
Y no solo el agua.
Después del terremoto de Kanto de 1923, Japón presentó su primer código de construcción antisísmico, y esos parámetros se han ido ampliando con las lecciones de cada temblor posterior, hasta el punto de que casi nueve de cada diez edificios de Tokio cumplen hoy con las normas modernas.
En América Latina, en cambio, se construye a medias:
- A veces con norma.
- A veces sin ella.
- A veces se cumple
- Y a veces solo se finge que se cumple.
Y cuando la tierra tiembla, no hay templo subterráneo que salve lo que nunca se calculó bien.
Y entonces yo me pregunto, casi en voz alta, qué le pasó a la humanidad, crecimos demasiado rápido, edificamos demasiado alto, y en el camino perdimos algo que no aparece en ningún código de construcción: la decencia.
Nos convertimos, poco a poco, en algo menos que humano —una suerte de animal utilitario que construye no para proteger, sino para aparentar—.
Y cuando la tierra tiembla, lo que se derrumba no son solo los edificios, es la evidencia, expuesta a plena luz, de todo lo que descuidamos en el camino.
Porque al final, la tierra no distingue entre ideologías ni banderas, tiembla igual bajo un gobierno corrupto que bajo uno honesto.
La diferencia la marca lo que se construyó antes de que temblara.
Y ahí es donde la política y la corrupción dejan de ser un tema de discursos y encuestas, y se convierten en algo que debería importarnos a todos, en cualquier país, no como una discusión ideológica, sino como una cuestión de vida o muerte, literal, medida en edificios que se sostienen o que se derrumban.
Tal vez el problema no sea solo de la política.
Quizás nos faltó atención —la misma atención que hoy, con la tierra removida y los muertos aún sin contar, ya no podemos darnos el lujo de eludir—.
Porque no fue solo un temblor lo que se llevó esas vidas: fue cada norma ignorada, cada inspección comprada, cada año de negligencia acumulada bajo la ilusión de que la tierra iba a esperar a que estuviéramos listos.
Tenemos que poner atención, antes de que la próxima falla —geológica o política— nos vuelva a encontrar desprevenidos.


