Cosas que nunca te dije y me hubiera gustado que supieras
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Deberíamos habernos encontrado en otros tiempos, quizá en mares más calmos o en tempestades lejanas. Pero llegaste a tiempo, Emperador.
Antes, habría querido conocerte en libertad, sin restricciones, sin límites ni complejos. Después, con la serenidad de aguas tranquilas, con paciencia y la sabiduría que otorga la experiencia.
Te conocí a tiempo, justo cuando las olas del destino nos empujaron juntos, para saber que existías, para llenarme del eco de tu voz y del roce de tu piel.
Nos encontramos en el mismo océano y bajo el mismo cielo, para sumergirnos mutuamente en la profundidad de nuestros deseos, para tocarnos y ser tocados.
Para que supieras que yo estaba aquí, aguardando ser envuelta por tu oleaje, y que me dejaras navegar en tus mareas.
El mar nos arrojó a este encuentro, en el vaivén de las olas hallé tu presencia, en el murmullo del agua reconocí tu esencia.
Nos fundimos en la espuma de nuestros anhelos, en el tumulto de las corrientes hallamos nuestro refugio.
En el oleaje, tu piel y la mía se buscaron, se encontraron, se reconocieron.
Soy de aquellos que el mar llama, aquellos que encuentran en el fondo de las olas la verdad de sus sueños.




