
El ciclo presidencial iniciado por Lula en 2003 y continuado por Dilma Rousseff a partir de 2011 atravesaba un momento de extrema gravedad.
Fue entonces cuando se jugó la Copa Confederaciones —ensayo general del Mundial de 2014—.
Las protestas sociales se multiplicaron en las calles.
La policía cargó.
Imborrable es la escena de la ceremonia inaugural de la Confederaciones en el estadio de Brasilia.
Hablaba el presidente de la FIFA, Joseph Blatter.
Dilma escuchaba a su lado, incapaz de controlar el nerviosismo ante los abucheos que se extendieron por más de un minuto.
Blatter frenó.
Rogó a los 70 mil asistentes: “Amigos brasileños, ¿dónde está el respeto al fair play?”
Inútil.
Dilma tomó nota.
Un año después, eligió un lugar menos visible en el estadio de Sao Paolo, en la inauguración del Mundial.
No habló, pero bastó que su imagen apareciera fugazmente en las pantallas para que se desatara un abucheo tan hiriente como el de Brasilia.
A mediados de 2016, el Senado la destituyó por supuestos manejos fraudulentos: un derrumbe que abriría paso al triunfo de Bolsonaro en 2018.
Un cataclismo que, en su dimensión simbólica, se precipitó en aquellos estadios de fútbol.
Ningún jefe de un Estado democrático ha vuelto a exponerse en la inauguración de un Mundial.



