Del Condominio Acero a la Torre Rise

Íbamos en el auto, papá, mamá y yo, nos estacionamos en la plaza Zaragoza, era medio día, lo observé como si descubriera una flor roja, enorme, brotando del asfalto.
Me quedé con los ojos fijos en aquella mole vertical que parecía tocar el cielo, no sabía todavía qué significaba la modernidad, pero la sentí, fulgurante y aplastante.
Recuerdo la reflexión de aquel momento:
“¿Qué me toca hacer a mí en esta vida si ya todo está hecho?”
Fue una pregunta mortificante, una preocupación existencial temprana.
Logré dominar esa “adultización” prematura gracias a la información que me daba la televisión incipiente, las revistas que leíamos en casa (Life, Selecciones del Reader’ s Digest) y escuchando a los adultos.
Luego comprendí algo que el mundo replica competitivamente, generación tras generación: la fascinación por las construcciones altas.
La altura proyecta modernidad, visibilidad, poder, dinero, incluso vanidad.
Siempre hemos creído que podemos tocar el cielo con nuestras pasiones, llámense pirámides, iglesias, faros, edificios o torres.
Monterrey lo sabe bien.
En los años cincuenta el Condominio Acero marcó un antes y un después de una época industriosa muy regia, hoy, la Torre Rise, en construcción y más de seis veces la altura del edificio Acero, representa otro grito arquitectónico que busca ser admirado, tal como lo hizo el edificio de acero y cristal al iniciar su cimentación hace 75 años.
Recuerdo la primera vez que fui a Nueva York; eran los años ochenta.
Subí al mirador del Empire State Building y me quedé admirando el horizonte, la grandeza de la ciudad y la pequeñez de los autos sobre la 5.ª Avenida.
Algo parecido sentirán quienes suban al mirador de la Torre Rise: verán el imponente del Cerro de la Silla, la energía de una metrópoli en expansión y, abajo, los autos diminutos recorriendo la Avenida Constitución.



