
Es amarillo bilioso, como el peluquín de un dios menor, se cree emperador.
Donald, el hombre del color de un Cheeto radiactivo, abre la boca y lo saliente no es aire, es ráfaga de semiótica barata.
En Wall Street, ese hormiguero de tiburones con corbata de seda, ya le tienen el número puesto.
Lo llaman TACO: Trump Always Chickens Out.
Porque el Don es como ese perro, ladra detrás de una reja de platino, mucho ruido, mucha saliva, pero en cuanto abres el portón de los aranceles, el canino se vuelve chihuahua y corre a esconderse bajo la falda de la Reserva Federal.
El buffet de mentiras, una vuelta por Mar-a-Lago.
Donald lo ha llenado de fast food y promesas de titanio resultan ser de cartón piedra, es el lujo emocional de la decadencia, Trump no gobierna, él hace un performance.
Es una película de Robert Rodríguez donde los mariachis no traen guitarras, sino estados de cuenta bancarrotas.
That’s a nasty question, escupe Don, arrugando la cara como si hubiera mordido un limón podrido cuando alguien le recuerda sus amenazas a China tienen la misma solidez de un merengue en el desierto.
Nasty, palabra tan táctil.
Es el epíteto para todo huela a verdad en un mundo de post-verdad, si no fuera por el ridículo, la política sería un género literario inexistente.
Trump es el ídolo de la masa, quiere pan, quiere circo; y si el circo es sangriento y huele a pólvora, mejor.
Trump es el epítome de la modernidad líquida.
Sus convicciones fluyen, se adaptan, se evaporan, hoy te jura pondrá un arancel del 200% y mañana te invita a jugar golf porque Xi Jinping es un gran amigo, es el miedo al compromiso en su máxima expresión geopolítica.
Es un TACO con mucha salsa y poca carne.
El tipo naranja sentado en un trono dorado, rodeado de asesores, parecen sacados de Fargo, todos planeando un crimen perfecto.
Termina con ellos mismos tropezando con sus propios cordones, la mentira en Trump no es un pecado, es un estilo de vida, es cinismo puro, destilado en barricas de odio y marketing.


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