1.
Las celebraciones suponen una experiencia previa que las justifique.
Si organizamos una fiesta de cumpleaños es porque precisamente alcanzamos una nueva vuelta al sol: un difunto jamás nos invitará a su casa para festejar con él 12 meses más de vida.
También ellas están rodeadas de ritos.
En el ejemplo citado se tendrán que cantar las mañanitas, partir el pastel, obsequiar los regalos, levantarse de la silla para el brindis, fundirse en afectuosos abrazos, etc.
Pero: ¿qué sucede cuando esas ceremonias solo observan los protocolos establecidos y no atienden a su significado profundo?
2.
El reciente SuperBowl es una clara muestra de ello.
Quizá por el efecto Taylor Swift -novia de Travis Kelce, jugador de Kansas City-, a quien siguen en redes sociales más de 100 millones de personas, el hecho es que la audiencia del evento superó a la que tuvo la llegada a la Luna.
En las televisiones de todo el mundo se presenció el deporte de las tacleadas.
Pero: ¿conocen los espectadores las reglas del juego? ¿Saben lo que es un primero y diez, un fumble y un “sujetando”? Quienes degustaron palomitas y cervezas frente a la tele: ¿distinguen entre un ala defensiva y uno a la ofensiva? No importa.
3.
Lo relevante es juntarse, con la familia o las amistades, para pasar una tarde viendo y bebiendo, compartiendo y siguiendo, en la medida de lo posible, y si alguien compasivo explica el devenir de las jugadas, un partido que en esta ocasión fue reñido y estrujante hasta el final.
Pedimos que se nos despierte de la siesta para, eso sí, concentrarnos en el intermedio musical, que más atención recibe, y una vez concluido fijamos la atención en otra pantalla, la del celular.
Es necesario estar, participar, aunque no podamos comprender a ciencia cierta por qué a veces se patea la pelota en el suelo y en otras se sujetaron la mano.

