Opinión

Aire soy al Aire, del viento no

Gerson Gómez DETONA® Fue el mejor secreto guardado, lo decidieron usar una noche antes.
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Por Gerson Gómez
50 millones para construir. Otros tantos para explicar por qué no funcionó.
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Destruir la glorieta del llamado “Ángel de la Independencia” regiomontano amaneció con ese sol indecente: acusa. 

En Monterrey, la luz no cae, interroga y ese día parecía preguntar con la persistencia de un cobrador, a quien demonios se había hecho con cincuenta millones de pesos para terminar, meses después, en una demolición ceremonial, tenía más de exorcismo, a obra pública.

Porque eso fue: un exorcismo, uno caro, burocrático, con casco blanco y discurso institucional.

La glorieta, durante meses fue vendida como una reinterpretación simbólica del Arco del Triunfo y una especie de eco tropical de la Tumba del Soldado Desconocido, nunca logró decidir si era monumento, escenografía o error de cálculo. 

Un híbrido, como esos animales mitológicos, nadie recuerda con claridad, pero todos juran haber visto en una pesadilla presupuestaria.

Cincuenta millones de pesos, la cifra flota en el aire como una mosca persistente, nadie la dice en voz alta sin bajar el volumen, como si el número pudiera ofenderse y exigir comprobantes.

La maquinaria ya estaba ahí, estacionada con esa paciencia ominosa de los instrumentos diseñados para borrar. 

Obreros con chalecos fosforescentes, funcionarios con gafas oscuras, asesores con teléfonos en la mano como si estuvieran esperando instrucciones del más allá. 

Y, por supuesto, los curiosos: esa fauna urbana se alimenta de cualquier espectáculo gratuito, sobre todo si incluye destrucción.

La glorieta, en su breve vida, había sido todo menos lo pretendido, fue fondo de selfies, punto de referencia impreciso, tema de conversación en sobremesas donde el sarcasmo circula mejor al vino. 

Parece de Las Vegas, pero sin el presupuesto, dijo alguien alguna vez, nadie lo contradijo.

Y entonces apareció él.

Adrián de la Garza llegó con un martillo. 

No uno simbólico, no uno pequeño para la foto, un martillo de verdad, pesado, contundente, innecesariamente dramático. 

El tipo de herramienta, en otras circunstancias, uno asociaría con la demolición de certezas o la construcción de narrativas, pero aquí servía para algo más sencillo: golpear piedra cara.

Lo acompañaba su séquito. 

Funcionarios, asesores, operadores políticos, todos orbitando alrededor de su figura como si el acto de romper concreto tuviera implicaciones cósmicas. 

Entre ellos, Melissa Segura y Alejandro Rodríguez, rostros en otro contexto podrían haber estado inaugurando exposiciones o hablando de identidad cultural, pero ahora asistían con dignidad institucional a la autopsia de un monumento que aún no terminaba de enfriarse.

El alcalde levantó el martillo.

Hubo un silencio breve, casi respetuoso, como si todos entendieran estaban presenciando un momento histórico o, al menos, algo quien intentaría vender como tal.

El golpe cayó, no fue épico, no fue cinematográfico. 

Fue torpe, humano, ligeramente incómodo, el martillo impactó la superficie con un sonido seco, poco espectacular, no hubo grietas inmediatas, no hubo revelaciones, solo un golpe, uno más.