Comala: la luz que no cabe en el silencio de Rulfo

De aquel viaje conservo una memoria breve, casi fugaz, de Comala: un paso rápido, como quien mira de reojo un paisaje sin saber que volverá a él.
Hoy regreso con otra cadencia.
Desde hace cuatro años, visito Comala al menos un par de veces por año.
Aquí viven mi hija Natalia y mi nieto Jenaro, y quizá por eso el pueblo ya no es un sitio en el mapa, sino una geografía íntima.
Comala es llamado el “Pueblo Blanco de América”.
No es un título gratuito: sus fachadas altas, encaladas, y sus techos de teja roja reflejan la luz con una intensidad que parece borrar las sombras.
Es, también, un lugar que carga con una herencia literaria imposible de ignorar: su nombre fue tomado por Juan Rulfo para dar vida al escenario de “Pedro Páramo”, esa novela donde los murmullos pesan más que las palabras.
El significado de Comala —“lugar donde hacen comales”— remite a lo cotidiano, a lo doméstico.
Pero su resonancia va más allá: es paso obligado para quien se dirige al Volcán de Fuego que, aunque la mayor parte de su base está en territorio de Jalisco los lugareños llaman el “Volcán de Colima” o simplemente para quien busca entender la textura de esta región del occidente mexicano.
Desde 2002, Comala forma parte del programa de Pueblos Mágicos.
Y algo de magia hay en sus plazas y jardines, en sus calles donde el tiempo parece avanzar con una lentitud deliberada.
La plaza principal congrega vida y conversación; en una de sus bancas, la escultura de Juan Rulfo observa en silencio, como si todavía escuchara las voces que inventó.
La Iglesia de San Miguel Arcángel se alza con sobriedad cuando suenan sus campanas mientras en los restaurantes botaneros de los portales, donde tocan los grupos regionales, la experiencia se vuelve sensorial: sopitos, botanas, taquitos, sabores que no necesitan explicación.
La fiesta patronal de San Miguel Arcángel se celebra el 29 de septiembre de cada año, se llevan a cabo diversas actividades religiosas y culturales en honor a este santo, incluyendo misas, procesiones y festividades locales.
Durante estas celebraciones, es común ver decoraciones festivas, actividades recreativas y la participación de la comunidad en rituales y danzas tradicionales.
O en la Feria del Pan, Ponche y Café de Comala durante la última semana de marzo, justo en la plaza principal, múltiples puestos de madera con techo de petate muy al estilo de la icónica plaza de toros “La Petatera” se instalan para dar paso a la vendimia y todo se vuelve entonces bullicio, colores, aromas y comunidad.
Pero inevitablemente surge la pregunta: ¿es este el Comala de Rulfo?
Publicada en 1955 originalmente por el Fondo de Cultura Económica, la novela Pedro Páramo dibuja un territorio donde vivos y muertos conviven, donde el calor es opresivo y el abandono parece definitivo. El Comala literario es seco, espectral, suspendido en una especie de eternidad sin consuelo.
El debate persiste. Algunos ubican su origen en San Gabriel, - en Jalisco - donde Rulfo vivió parte de su infancia. Otros encuentran ecos en la geografía colimense. Sin embargo, más que un punto exacto en el mapa, Comala parece ser una construcción emocional: un territorio hecho de memoria, pérdida y resonancias.
Juan Rulfo no nació, ni creció ni vivió en Comala, o al menos no en la Comala de Colima; quizás pasó una o muchas ocasiones en aquellos ajetreados días en que no tenía descanso de nada; en 1937 empezó a trabajar en el Archivo de la Secretaría de Gobernación que lo llevó por varias ciudades, luego como agente de migración en Guadalajara.
Es, en esos viajes cuando se reafirma su vocación de fotógrafo.
Los paisajes de México dejan de ser cuadros en movimiento tras el cristal de un autobús.
Son auscultados por su mirada que capta el trabajo del tiempo, de la soledad, del silencio, de la orfandad, de la muerte en esta vida.
Su mundo creativo se amplía como agente viajero de la fábrica de llantas Goodrich-Euzkadi entre 1947 y 1952, y su trabajo como cronista y fotógrafo, empieza a conocerse más tras publicar en la revista Mapas de México, de la misma empresa.
En 1953 entró como becario en el Centro Mexicano de Escritores, subvencionado por la Fundación Rockefeller.
En 1958, Goodrich-Euzkadi publicó la cuarta edición de su guía de viajes Caminos de México.
La guía se entiende como una especie de sucedáneo de la revista Mapas, perteneciente a la misma llantera Goodrich-Euzkadi, que se publicaba para entablar batalla contra el tren y para popularizar el uso del automóvil.
En esa revista, Rulfo había participado anteriormente como autor y fotógrafo, e incluso en una ocasión –enero de 1952– como editor (o “director”, según aparece en el directorio).


