Opinión

Del sapo la pedrada

Gerson Gómez DETONA® En la república de las apariencias, esa donde el filtro de Instagram sustituye al acta de nacimiento, la geisha chilanga con transferencia bancaria incluida.
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Por Gerson Gómez
Gerson Gómez. Morelense de cepa Regiomontana.
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No vino de Kioto ni de ningún ritual milenario.

Salió de un departamento compartido en la Narvarte, de una casa de interés social en Tlajomulco, o de un cuarto con clima ruidoso en Hermosillo. 

El kimono Shein, su abanico es el celular, y su haiku dice puedo ser tu novia por semana, 2,500 pesos, incluye sonrisa y silencio administrativo.

La frase circula como volante clandestino en los pasillos universitarios, entre esqueletos de anatomía y renders de AutoCAD, la estudiante de medicina memoriza arterias de día, por la noche aprende a distinguir entre clientes puntuales y clientes. 

Creen en el depósito los convierte en poetas.

La de odontología pule sonrisas ajenas y vende la propia con intereses, la de psicología escucha traumas en clase y los monetiza después en habitaciones con cortinas gruesas. 

La de comunicación redacta discursos sobre ética mediática mientras negocia su tarifa por WhatsApp. 

Y la de arquitectura, la más sincera, ya sabe la casa chica y la casa grande se construyen con los mismos planos, discreción, concreto y transferencias inmediatas.

No es nuevo, pero sí es nuevo, como todo en México. 

Viejo en esencia, flamante en empaque a esto le llaman prostitución light, una versión donde la palabra escort se pronuncia con acento aspiracional y donde, según investigadores, muchas participantes son estudiantes o profesionistas, no siempre ofrecen sexo, sino compañía tarifada, conversación premium, ilusión con factura implícita.

Es decir, el amor en mensualidades sin garantía extendida.

En los restaurantes de ruleta, ese invento fronterizo entre casino moral y comedor familiar, el espectáculo ocurre cada hora. 

Se venden boletos, se giran destinos, una chica se vuelve premio mayor, no por azar, sino por algoritmo. 

El cliente gira la ruleta con la misma fe, antes pedía milagros a San Judas, ahora el santo viste tacones y cobra por adelantado, vea y toque, dicen los letreros invisibles. 

Deposite o transfiera, responde la liturgia contemporánea.

Ahí están ellas, rubias de bote, extranjeras de trámite, madres solteras con agenda saturada, venezolanas y colombianas convertidas en fetiche portátil, porque el mercado, ese gran proxeneta sin rostro, dicta lo exótico vende más caro. 

También están las mexicanas. 

Accesibles, dicen algunos con una mezcla de desprecio y conveniencia, como quien compra aguacates en oferta, la narrativa es brutal y cínica, lo importado se presume, lo nacional se negocia.

Detrás del maquillaje hay cifras, y detrás de las cifras hay cuerpos con biografía. 

En México, el trabajo sexual es fenómeno complejo, atravesado por decisiones personales, presiones económicas y contextos sociales. 

No caben en un meme ni en una columna de opinión, algunas lo hacen por dinero rápido, otras por curiosidad, otras por necesidad, y otras, las menos mencionadas, porque descubrieron el sistema formal paga menos y exige más hipocresía.

La geisha mexicana no estudió ceremonia del té; domina, en cambio, la coreografía del chat.

Saludo coqueto, tarifa clara, condiciones firmes, sabe el cliente quiere ilusión sin consecuencias, intimidad sin historia clínica, ella ofrece exactamente eso. 

Una semana de ficción emocional, con opción a renovación, el contrato es tácito, tú finges me quieres, yo finjo no es un trabajo.

En este teatro, los hombres también actúan. 

El ejecutivo presume moral en la sobremesa y transfiere en silencio a las dos de la mañana, el universitario habla de deconstrucción mientras regatea. 

El casado busca en la geisha lo no rutinario, no tanto sexo, sino la fantasía de ser otro, porque aquí nadie compra cuerpos, eso sería demasiado crudo, se compran versiones editadas de uno mismo.

La comedia tiene bordes filosos, el mismo sistema vende glamour, es capaz de devorar a sus protagonistas.