Opinión

Dios nos odia a todos

Gerson Gómez DETONA® Suena la trompeta a las cinco de la mañana. 

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Por Gerson Gómez
Hay silencios que pesan más que un grito. Hay tradiciones que sobreviven porque nadie se atreve a nombrarlas.
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No es un amanecer: es veredicto. 

El sol todavía no se atreve a mirar, y ya los cuerpos de catorce años forman filas en el patio de cemento. 

Canadá, Estados Unidos, México, tres países, un mismo ritual, la misma coreografía del sometimiento disfrazada de disciplina.

Bienvenidos al matadero con uniforme planchado.

El ingreso, bautismo de sangre sin agua bendita.

El cadete nuevo llega con maleta y con nombre, le quitan ambos a partir de hoy es "perro", "gusano", "cero". 

  • En la Royal Military College de Kingston, Ontario, lo llaman recluta.
  • En West Point lo bautizan plebe.
  • En el Heroico Colegio Militar de Tlalpan, simplemente "animal".
  • La creatividad semántica varía; el puñetazo en las costillas mantiene su universalidad.

Primer día, primer garrotazo, no metafórico, literal, un tubo de PVC envuelto en cinta adhesiva, para no dejar marca visible, porque la burocracia militar también cuida las apariencias, desciende sobre los muslos del novato. 

El superior de tercer año ejecuta el golpe con la solemnidad de un sacerdote elevando la hostia.

Nadie interviene. 

El capitán instructor fuma a treinta metros. 

  • Observa.
  • Exhala.
  • Da media vuelta.

La novatada: industria artesanal del horror.

El dormitorio con literas metálicas, doce novatos en calzoncillos, de rodillas sobre arroz crudo.

  • Llevan cuarenta minutos.
  • Las rodillas sangran en puntillismo. 

Un cadete de cuarto año camina entre ellos recitando el reglamento interno mientras sostiene una cubeta.

La bandeja contiene orines.

En la academia militar de Nuevo León porque México siempre lleva todo al siguiente nivel con entusiasmo tropical, el recipiente se vacía sobre la cabeza del más lento en responder, Robert Rodríguez filmaría esto con lente gran angular y guitarra norteña de fondo.

Pero esto no es cine, esto es martes.

El sistema: arquitectura perfecta de la impunidad.

Funciona así, y funciona desde hace décadas, con la precisión de un reloj suizo fabricado en el infierno.

  • El cadete de primer año recibe el abuso, sobrevive, asciende.
  • En segundo año observa.
  • En tercero ejecuta.
  • En cuarto año dirige. 

El ciclo se perpetúa con la elegancia de una serpiente mordiéndose la cola, los mandos superiores lo saben, los mandos superiores lo vivieron, los mandos superiores lo llaman formación.

Carácter, la palabra mágica, el conjuro universal.

En The Citadel, Carolina del Sur, cuatro cadetes hospitalizados en 2019 por fracturas múltiples.

Reporte oficial: "accidente durante entrenamiento físico". 

Cuatro personas se fracturaron simultáneamente, por accidente, durante el mismo entrenamiento, a las tres de la madrugada, sin testígos.

Estadísticamente improbable, institucionalmente conveniente.

El silencio: pacto de sangre sin firma. 

El novato golpeado no denuncia. 

  • Jamás.
  • Denunciar es peor.
  • Denunciar convierte el garrotazo nocturno en paliza colectiva. 

Denunciar transforma al cadete en "rata", y las ratas en estos ecosistemas cerrados reciben tratamientos dignos de un campo de concentración en Polonia, 1943.

Duchas heladas a medianoche, obligados a comer del suelo, ejercicios hasta el vómito y después del vómito, ejercicios sobre la náusea. 

Encierro en casilleros metálicos durante horas, simulacros de ahogamiento con toallas mojadas.

  • Todo documentado en informes internos clasificados.
  • Todo negado en conferencias de prensa.
  • Todo repetido al semestre siguiente.

Los pseudo militares, instructores contratados con más ego autoritario en las venas y menos formación pedagógica en el cerebro, permiten, observan, participan.