
Pero, claro, el gusto nos duraba apenas lo que tardaba en aparecer un novio con la barba más áspera que una lija.
Ahí se acababa el romance y empezaba la tortura; te dejaba los labios como un tomate partido a la mitad de tanto raspado.
Ese crecer enamorada y besuqueada por alambres me fue haciendo selectiva.
Aprendí a preferir a los hombres de cara limpia, esos rostros despejados que no te arruinaban ni la ilusión ni la piel.
Hoy, ese recuerdo es lejano.
Dejé de besar hace mucho y mi atención ahora habita otros mundos, como el análisis profundo de lo que hacemos los seres humanos mientras vivimos (frase maravillosa de J. Lennon).
Pero no puedo evitar fijarme en algo que parece trivial, mas no lo es: las barbas están por todos lados.
Casi seis de cada diez señores cargan hoy algún tipo de vello facial.
¿En qué momento cambió tanto?
Ayer, comiendo en una de mis cantinas favoritas con Juan —un amigo de cara lavada—, tocamos el tema.
Él me soltó, muy convencido, que era mera pereza.
Viniendo de él lo tomé como un hecho, pero el gusanito de la curiosidad me puso a investigar qué hay detrás de tanto "náufrago" moderno.
Lo que descubrí es que la barba hoy es mucho más que pelo; es una sofisticada estrategia de marketing personal.
Tenemos ejemplos cercanos, como nuestro gobernador Samuel García, ese "mago" del uso del vello facial para construir imagen.
Lo que en la prehistoria nació como un aislante térmico contra el hielo —aunque sirviera de hotel para parásitos— ha mutado en una "armadura emocional" para navegar la jungla de asfalto.
Si hace 60,000 años se arrancaban los pelos con conchas de mar en un despliegue de masoquismo, el hombre de hoy invierte horas en rituales de autocuidado que harían que un sacerdote egipcio asintiera con aprobación profesional.
Sin embargo, a pesar de los miles de libros que existen sobre el tema, para mí el problema sigue siendo el mismo: la aspereza del roce y lo que ese vello oculta.
Porque así como hay barbas que asociamos a la sabiduría, la realidad también nos muestra la otra cara del símbolo.
La barba es el uniforme de figuras que vemos a diario en las noticias: desde el extremismo religioso hasta el mundo del narco y el crimen.
Psicológicamente, el hombre que se deja la barba está gestionando su propia "Sombra".
Es un rito de paso que grita madurez, aunque a veces solo sea el disfraz para ocultar una mandíbula poco decidida o una inseguridad crónica.
Es una paradoja: mientras la evolución la vincula al "macho alfa", en la práctica funciona como una pausa social; un retiro visual que coincide con duelos o con el simple deseo de parecer un sabio ermitaño en lugar de un oficinista agotado.
Al final, todo depende de la tijera.
La barba de tres días busca esa virilidad que parece despreocupada pero es calculada; mientras que el recorte milimétrico comunica un control y una vanidad que rivaliza con los antiguos romanos.
Antes, el vello era de "bárbaros" o de filósofos; hoy, es una herramienta de comunicación no verbal para convencer al resto de que, detrás de ese bosque facial, saben exactamente lo que están haciendo.

