Epílogo: El decreto de las siete de la mañana

Para las seis de la mañana, los destellos naranja fosforescente y el humo de azufre que emanaban de la propiedad ya eran virales en las redes sociales.
El país entero exigía respuestas ante el misticismo y la evidente desaparición de los líderes tecnológicos y los hombres de Dante "El Patrón".
A las siete en punto, las pantallas de toda la República se encendieron.
La Presidenta de la República apareció tras el atril del Poder Central para dar inicio a su conferencia mañanera.
Su postura era de absoluta autoridad; la frialdad de su discurso contrastaba drásticamente con el caos de la noche anterior.
—Queremos informar al pueblo de México sobre los hechos ocurridos en la vieja mansión del centro de Monterrey —declaró la mandataria, mirando fijamente a las cámaras—.
Aquello que los conservadores, los neoliberales y los medios quieren pintar como un fenómeno sobrenatural o un pacto demoníaco, no es más que un montaje de nuestros adversarios para infundir miedo.
No hay magia negra, no hay maleficios y no hay facciones ingobernables.
Con un solo decreto emitido en vivo, la mansión fue expropiada bajo el argumento de "recuperación de bienes públicos".
El cuadro de Bael, incautado en secreto por el ejército, no fue destruido ni exorcizado; fue trasladado a los sótanos más profundos de Palacio Nacional.
La Presidenta cerró el tema afirmando que la paz estaba garantizada, absorbiendo, sin que el pueblo lo supiera, el control de la entidad diabólica para sumarla a la maquinaria del Estado.
El Maleficio no murió con la fe de Cayetano, ni se digitalizó con los Fosfo, ni se impuso por la fuerza de Dante.
El diablo simplemente cambió de oficina, entendiendo que en el México contemporáneo, el altar más poderoso se monta todas las mañanas frente a un micrófono.


