
1.
Este consiste en intercalar períodos de trote constante con intervalos de caminata durante los 42K -unos corren 15’ y caminan 5’, otros 12’ y 2’, mis amigos dicen que yo cambié la proporción, y camino 10’ y corro solamente 1’-, para retrasar la fatiga muscular, reducir la acumulación de ácido láctico y acelerar la posterior recuperación.
2.
Los corredores rápidos, casi siempre jóvenes y atléticos, desaprueban este método, pues consideran que caminar durante el evento es una suerte de traición a sí mismos y a los demás participantes.
Sería hasta una ofensa para quienes se han preparado durante meses, con entrenamientos extenuantes, y expuestos a todo tipo de lesiones.
Sin embargo, está comporbado que, para los participantes recreativos, las pausas programadas y respetadas les permiten mejores tiempos finales, además de evitar lesiones y cansancios exagerados. Yo soy testigo de ello.
3.
En 2013 corrí el maratón de Monterrey sin detenerme un solo momento y un amigo, que caminaba en las subidas de los pasos a desnivel -que son demandantes-, llegó a la meta primero que yo.
La pausa durante el trayecto, entonces, no significa abandono del propósito ni renuncia al objetivo. Más aún, los fortalece, a condición de que sea reparadora y no claudicadora, de que favorezca el respirar y no el expirar.
“Camina para reponerte, pero no para flojear”, nos decimos los maratonistas, aunque la tentación de vencerse ante el cansancio y los dolores sea mayúscula.
