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No descubrirán pirámides, tampoco templos, hallarán centros de datos, montañas enteras convertidas en procesadores.
Ríos destinados al enfriamiento de servidores, millones de fotografías de desayunos, billones de insultos en redes sociales.
Trillones de búsquedas relacionadas con celebridades, remedios milagrosos y conspiraciones extraterrestres, en medio del polvo electrónico aparecerá un nombre, Elon Musk.
Una mezcla extraña entre Thomas Edison, Howard Hughes, Tony Stark y vendedor ambulante de promesas interplanetarias, durante años prometió Marte, luego autos autónomos, después túneles subterráneos.
Más tarde inteligencia artificial.
Ahora buena parte del planeta observa cada lanzamiento de SpaceX con idéntica fascinación utilizada por los antiguos romanos frente a los gladiadores, todos esperan el milagro, el desastre.
La diferencia resulta mínima, Hollywood nos vacunó contra la ingenuidad, tal vez nos contagió una paranoia incurable.
Desde 1984, la saga de The Terminator sembró una semilla venenosa.
Skynet, una inteligencia militar capaz de despertar.
- Observar.
- Calcular.
- Concluir.
- Eliminar.
- Sin discursos.
- Sin campañas electorales.
- Sin ruedas de prensa.
James Cameron fabricó una pesadilla perfecta.
Décadas después, numerosos ciudadanos observan cada avance tecnológico mediante los lentes prestados por aquella película, un cohete despega, alguien grita Skynet, una nueva inteligencia artificial aparece.
Un refrigerador aprende hábitos alimenticios, alguien vuelve a gritar Skynet, la paranoia produce dividendos extraordinarios, también memes, muchos memes.
SpaceX nació para reducir costos espaciales, para reutilizar cohetes, para convertir la ciencia ficción en negocio rentable.
La imaginación colectiva jamás respeta los planes corporativos, la imaginación transforma cualquier antena en instrumento de vigilancia, cualquier satélite en espía orbital, cualquier algoritmo en dictador invisible, la constelación Starlink rodea el planeta.
Miles de satélites giran sobre nuestras cabezas, algunos contemplan conectividad global, otros visualizan el primer paso hacia una supermente electrónica.
La diferencia depende del nivel de café consumido antes del desayuno, surge entonces la pregunta favorita de la humanidad.
- ¿Podría una inteligencia artificial vulnerar todos los cortafuegos?
- ¿Podría infiltrarse en arsenales nucleares?
- ¿Podría controlar gobiernos enteros?
Los especialistas responden mediante documentos técnicos, los guionistas responden mediante explosiones, las redes sociales responden mediante pánico, la historia demuestra una verdad incómoda, la mayor amenaza suele encontrarse frente al teclado.
No dentro del procesador, los sistemas nucleares poseen capas múltiples de seguridad, protocolos redundantes, autorizaciones humanas, redes aisladas.
Procedimientos diseñados durante décadas, aun así, la humanidad conserva un talento excepcional para cometer errores, Chernóbil no surgió por rebelión robótica.


