El libro que me estaba esperando
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En los pasillos de Cintermex, la multitud avanzaba entre libros, voces y promesas de historias por descubrir.
Hay domingos en que uno acude a una feria a buscar lecturas, sin imaginar que, a veces, son los libros quienes salen a nuestro encuentro.
Así me sucedió en la Feria Internacional del Libro de Monterrey, cuando el azar me puso frente a Leonardo Padura.
Escribía con la mano izquierda y, al verlo, no pude evitar la broma:
Tenía que ser zurdo.
El corazón también está a la izquierda, y las mejores historias se cuentan con el corazón.
Sonrió.
Tomó mi ejemplar de “El hombre que amaba a los perros” y escribió una dedicatoria que convirtió a un desconocido en cómplice de letras:
“Para José Luis, de esas utopías que se perdieron”.
Platicamos apenas unos minutos, suficientes para compartir mi historia con La Habana, Cuba y aquellos años en que fui estudiante en la isla.
Le sorprendió saber que yo había caminado por las mismas calles que habitan sus personajes.
Coincidimos en algo esencial:
La literatura está por encima de los dogmas y las ideologías, su oficio consiste, antes que nada, en contar historias.
Padura permanece en Mantilla, su barrio natal, porque allí están las raíces de su memoria, su gente y sus fantasmas.
En ese arraigo reside también su universalidad:
Contar el mundo sin renunciar a la tierra que lo hizo escritor.


