Opinión

La ruleta del sinsentido: el riesgo absurdo como arquitectura de poder

Carlos Chavarría DETONA®  La noción de que la tecnología actuaría como un solvente universal para la irracionalidad humana ha resultado ser una de las mayores y más costosas ficciones de la modernidad. 

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Por Carlos Chavarría
Foto tomada de la Red
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Bajo la promesa de una evolución técnica que nos conduciría a un devenir más terso.

Se supuso que el absurdo sería poco a poco desterrado de nuestra mente y sustituido por la uniformidad lógica asociada con la tecnología misma. Sin embargo, no ha sucedido así. 

Lo que hoy presenciamos es un despliegue del absurdo que utiliza la misma infraestructura de la razón —el algoritmo, la comunicación instantánea, la eficiencia logística— para amplificar la contradicción. 

El absurdo no es un error de cálculo en el sistema, es el sistema mismo cuando se enfrenta a la voluntad de poder y a la necesidad de gestionar el vacío que deja la ausencia de un propósito humano real. 

Esta analítica nos revela que el absurdo es un elemento indisoluble del poder y sus agentes en el turno, una herramienta de desorientación estratégica que fractura la estructura cognitiva de la sociedad para hacerla infinitamente maleable.

Si observamos la historia como una cartografía del sinsentido, vemos que el absurdo se ha ganado su papel en la realidad configurada bajo esa circunstancia de manera recurrente. 

Adolf Hitler, por ejemplo, mantuvo un discurso pacifista mientras cimentaba su camino hacia el poder y lo sostuvo incluso bien entrada la Segunda Guerra Mundial, una conflagración que él mismo había propiciado. 

Este patrón se repite hoy en todos los líderes y actores involucrados en la inestabilidad que abarca desde Europa hasta China, metidos de lleno en infinidad de contradicciones no solo discursivas, sino operativas. 

El absurdo actúa como una armadura que los hace inmunes a la verificación lógica: se puede abogar por la sostenibilidad mientras se financian conflictos, o defender la libertad mediante la vigilancia absoluta. 

Esta "geopolítica de la disociación" se manifiesta de forma muy obvia en los proveedores de tecnología de Irán, que mientras facilitan la infraestructura técnica, aplauden con su silencio a los Estados Unidos e Israel en su lucha absurda.

Un ejemplo diario de una política donde el silencio no es vacío, sino una omisión calculada y una participación activa en el sinsentido por razones de mercado o  supervivencia política.

La historia nos muestra que el absurdo es contra cíclico y regresa con fuerza asociado a los ciclos económicos y las crisis de recursos, es el mecanismo de "reinicio" cuando una civilización ya no puede crecer más bajo sus propios dogmas. 

El absurdo de la inercia lo personifica Alejandro Magno, quien inspirado por su triunfo contra Persia y Ciro el Grande, se lanzó a una "entretenida para él" pero catastrófica campaña contra la India.

Fue el absurdo de la expansión por la expansión:

Un ejército agotado persiguiendo un fantasma de gloria en los confines del mundo conocido, cuando la lógica dictaba consolidar lo ya conquistado.

Del mismo modo, la cohabitación de Roma con la Iglesia Católica originaria creó una paradoja sangrienta: la normalización

Del cristianismo perseguido, se utilizó para cohesionar un imperio basado en la legión, provocando tiempo antes la diáspora judía. 

Aquí el absurdo se convirtió en ley y dogma, forzando a la realidad a doblarse para que el perseguidor y el redentor habitaran el mismo cuerpo político.

No menos absurda fue la crisis de los tulipanes en Holanda, donde una sociedad sofisticada colapsó por el valor especulativo de un bulbo, demostrando que el "vacío fértil" del mercado puede transformarse en un instante en un delirio donde el valor se despoja de toda utilidad. 

A esto se suma la lucha permanente entre España y el Reino Unido, o entre Francia y el imperio Austrohúngaro y estos contra Rusia, siglos de genio y recursos gastados en un tablero de ajedrez donde nadie gana realmente, pero el juego se sostiene por la pura necesidad de tener o inventar un enemigo para definir la identidad propia.

En la actualidad, gracias a la velocidad de las comunicaciones, el espacio entre estas crisis se ha reducido a horas. El absurdo ya no es un evento, sino una condición y atmósfera  permanente. 

Todos los países del G7 se preparan para otra gran guerra, o dicen estar preparados mediante una militarización que refuerza el absurdo, especialmente en los casos de Japón y Alemania, los perdedores que buscan revivir su antiguo expansionismo ahora aduciendo razones defensivas para volver a la senda del crecimiento. 

Es una analítica de la regresión: 

Alemania anuncia que sus jóvenes deberían pedir permiso para abandonar el país y así estar preparados para una emergencia, como si la guerra fuera a desplegarse de nuevo cuerpo a cuerpo en una era donde la batalla es híbrida y cibernética. 

Se pretende movilizar la carne de cañón mientras el conflicto real se decide en drones, servidores y satélites, es el absurdo de pedir lealtad territorial en un mundo de intereses transnacionales.

A esta cartografía del sinsentido debe añadirse la colisión frontal entre los discursos oficiales y la avalancha de novedades que atestiguamos cotidianamente, una fricción que constituye la prueba definitiva de que el absurdo ha sido plenamente re-normalizado después del pretendido orden mundial después de la Segunda Guerra Mundial . 

Vivimos en un estado de choque cognitivo donde, mientras los organismos internacionales proclaman eras de cooperación y derechos inalienables, las novedades diarias nos informan de nuevas fronteras blindadas, algoritmos de exclusión y la reactivación de industrias bélicas que se presentan como triunfos del ingenio de las naciones. 

Esa colisión no produce una chispa de despertar, sino que genera una niebla informativa que desactiva la capacidad de respuesta del ciudadano.

La novedad ya no informa, sino que asfixia, cada noticia sobre la militarización del G7 o el control de la movilidad juvenil choca con la retórica del progreso digital y la libertad de mercado, creando un cortocircuito mental que obliga al individuo a refugiarse en la indiferencia.

En esta colisión diaria, el discurso se vacía de contenido para convertirse en mera atmósfera, y la novedad deja de ser un evento para ser un ruido de fondo que valida la tesis de que la realidad ya no se rige por la coherencia, sino por la fuerza de una contradicción que se despliega con la impunidad que solo la hiper-velocidad puede otorgar.

Esta tensión nos devuelve inevitablemente a la confrontación entre Albert Camus y Jean-Paul Sartre, este último, en su existencialismo comprometido, abrazaba la Historia y la eficacia política, justificando a menudo lo que Camus llamó el "asesinato lógico"

Para Sartre, no se podían tener las manos limpias si se buscaba la liberación final, lo que le llevó a aceptar la suspensión de la moral en favor de la necesidad histórica. 

Camus, por el contrario, dedicó su vida a configurar una filosofía del absurdo como rebelión, para él, la rebelión es un "No" que contiene un "Sí", un límite que no se puede cruzar. 

Camus advirtió que cuando la Revolución se divorcia de la Rebelión y de la medida, termina convirtiéndose en el mismo mal que combate. 

El absurdo “camusiano” nace del divorcio entre el hombre que busca sentido y el silencio irracional del mundo, pero su respuesta no es la sumisión a una ideología, sino el reconocimiento de nuestra fragilidad común.

El poder actual ha adoptado la "eficacia" sartreana pero ha vaciado su pasión por la libertad, quedándose solo con la cáscara de un absurdo que se alimenta de la inestabilidad.