
Camino entre los escombros de una ciudad sin nombre o con demasiados nombres vistiendo la gabardina raída del partisano, las botas embarradas de un barro ancestral, el pañuelo al cuello como los resistentes de Varsovia, como los fantasmas de Sarajevo.
Llevo bajo el brazo un ejemplar destrozado de Veinte mil leguas de viaje submarino y en los bolsillos, metralla de metáforas, Metallica suena en unos audífonos rotos, un solo canal funcionando, y James Hetfield me grita al oído izquierdo mientras el derecho recoge el estruendo de los drones sobrevolando el gheto.
Bienvenidos al Tour Julio Verne, la excursión más honesta del siglo XXI.
Jules Gabriel Verne nació en 1828 con los ojos puestos en el horizonte y la pluma cargada de futuro, soñó submarinos cuando el mundo navegaba en veleros, imaginó cohetes a la Luna cuando la humanidad apenas dominaba la máquina de vapor.
Dibujó París en el siglo XX con rascacielos, trenes eléctricos, redes de comunicación global, y su editor, Pierre-Jules Hetzel, le devolvió el manuscrito diciéndole.
Demasiado pesimista, nadie lo comprará. Ironía fundacional, el único libro verdaderamente profético de Verne fue rechazado por exceso de verdad.
Ahora camino por un callejón del gheto, elijan ustedes: Gaza, Járkov, Alepo reconstruida y vuelta a destruir, los barrios olvidados de Puerto Príncipe, pienso en aquel editor cobarde.
Hetzel tenía razón en algo.
- Nadie quiere comprar la verdad.
- Preferimos la aventura.
- Preferimos el viaje.
Preferimos Blinded by me, you can't see a thing, como ruge Metallica, y seguir caminando entre los vidrios rotos.
En 1864, el profesor Lidenbrock descendió por el cráter del Snæfellsjökull hacia las entrañas del planeta, ficción pura, delirio geológico, maravilla narrativa, hoy, las perforadoras descienden kilómetros bajo la corteza terrestre extrayendo litio, cobalto, tierras raras.
No buscan dinosaurios subterráneos ni mares interiores:
Indagan el mineral necesario para fabricar las baterías de los mismos dispositivos donde ustedes leen, el viaje al centro de la Tierra ya es posible, solo cambió la motivación, del asombro científico al extractivismo feroz.
En el Congo, niños de once años descienden a minas artesanales de cobalto, sus manos pequeñas resultan perfectas para los túneles estrechos, Lidenbrock llevaba a su sobrino Axel como acompañante voluntario; las corporaciones mineras llevan a miles de niños como combustible desechable.
Come crawling faster, obey your master, y el master no es un titiritero de fantasía, es un consejo de administración en Ginebra, un fondo de inversión en Wall Street, algoritmo de optimización de costos.
El Columbiad, aquel cañón descomunal de De la Tierra a la Luna, disparó una cápsula tripulada hacia el satélite en 1865.
Ciento cuatro años después, Armstrong pisó el regolito lunar y pronunció su frase célebre, Verne acertó en la ubicación del lanzamiento, Florida, en el número de tripulantes tres, en la cápsula recuperada del océano.
Profeta laico, visionario sin túnica.
El cohete también evolucionó en otra dirección, las V-2 de Von Braun, diseñadas para Londres, fueron el puente entre la ficción verniana y la industria aeroespacial.
El mismo ingeniero construyó misiles para Hitler y luego el Saturno V para la NASA, la misma tecnología, el mismo principio de propulsión, la misma física: en un caso, turismo lunar; en el otro, miles de londinenses bajo los escombros.
Master, master, ¿where’s the dreams that I’ve been after? Buena pregunta, Hetfield.
Los sueños están en órbita, convertidos en satélites espía, en sistemas de guía de misiles hipersónicos, en constelaciones de vigilancia global.
Las potencias militares compiten por la militarización del espacio, armas antisatélite, estaciones orbitales con capacidad ofensiva, láseres de alta energía, Verne imaginó el viaje; nosotros perfeccionamos el arma.
El capitán Nemo era un anarquista aristocrático, un misántropo genial navegando los océanos en su Nautilus, alimentado por electricidad, autosuficiente, libre.
Verne lo concibió como símbolo de libertad radical, los submarinos nucleares contemporáneos, clase Ohio, clase Borei, clase Jin navegan los mismos océanos cargando entre 16 y 24 misiles balísticos intercontinentales, cada uno con múltiples ojivas termonucleares.
Un solo submarino puede borrar una civilización entera.
Nemo hundía fragatas colonialistas por venganza personal, los submarinos actuales permanecen sumergidos durante meses, en silencio absoluto, esperando la orden de lanzamiento, la orden del apocalipsis, "Lashing out the action, returning the reaction", y la reacción, en este caso, se mide en megatones.
Camino por el gheto y veo a un viejo sentado sobre un refrigerador destruido, fumando un cigarro sin filtro, me mira con la indiferencia de los sobrevivientes profesionales, le pregunto si conoce a Julio Verne, ¿El del submarino?, responde, sí, señor, el del submarino, el del submarino convertido en ataúd flotante para toda la especie.


