
Bienvenidos al teatro del absurdo, el circo romano de la economía mexicana donde el Gansito, esa mezcla tierno-industrial de merengue, mermelada y dudosa cobertura de chocolate, se ha convertido en el oráculo supremo de la pobreza y la riqueza de una nación.
Esta no es una nota financiera, es la historia de cómo la locura devoró el poder adquisitivo en dos actos, con la inflación como villano silencioso y el salario mínimo como un superhéroe de historietas, a veces, vuela y otras se estrella.
La Era del Señor de los Pinos (2012-2018).
El Gansito de la Nostalgia, imaginen el 2012, Enrique Peña Nieto llega al trono, en la tiendita de la esquina, el Gansito te sonríe con una frescura.
Ya no volveremos a ver, en esa época, el salario mínimo era una broma de humor negro: en 2012, apenas rozaba los 60-62 pesos diarios.
El Gansito, ese manjar de los dioses del colesterol, costaba alrededor de 8 o 10 pesos, quizás menos si tenías un tendero condescendiente.
Hagamos la macabra aritmética.
Salario Mínimo 2012: $62.33 MXN (zona A), precio del Gansito: $8.00 - $10.00 MXN.
Poder de Compra: Un obrero podía comprar, en teoría, unos 6 a 7 Gansitos al día si no tuviera la desfachatez de querer comer otra cosa, como tortillas o pagar luz.
Si avanzamos hacia el final de su sexenio, en 2018, la devaluación ya había hecho su trabajo sucio.
El dólar, que en 2012 nos hacía sentir ricos rozando los 13-14 pesos, se había encarecido con el susto de Trump, cruzando peligrosamente la barrera de los 19-20 pesos en 2017.
El salario subió nominalmente a 88.36 pesos, pero la inflación se devoró la diferencia.
El Gansito andaba ya en los 12-14 pesos.
La Escena: Un trabajador, con el uniforme sudado, mira su billetera, es 2017, ha trabajado 8 horas.
Tiene 88 pesos, cinco Gansitos, don, y ya no me alcance para el boleto de metro.
Eso era el peñanietismo: una economía estirada como chicle, pero se rompía rápido.



