Opinión

Members Only

Gerson Gómez DETONA® En San Pedro Garza García existen tribus urbanas dedicadas al yoga aéreo, al ciclismo importado desde Ámsterdam, al café tostado por monjes etíopes y al sufrimiento financiero provocado por colegios bilingües con colegiaturas equivalentes al rescate bancario del noventa y cuatro.
Gerson Gómez - avatar
Por Gerson Gómez
Entre humo, cerveza y egos bien sazonados… Monterrey inventó otra religión.
PRESIONA YEscucha

Ninguna secta alcanza semejante liturgia grasa, masculina, carbonizada y ceremoniosa como la Sociedad Mexicana de Parrilleros.

No resulta un club cualquiera, tampoco un sindicato del carbón vegetal, mucho menos una simple reunión dominical con salchichas tiesas y música norteña descargada ilegalmente, allí habitan los elegidos del humo.

Caballeros perfumados con brisket texano, rib eye prime, cerveza artesanal con nombres impronunciables y relojes capaces de pagar un semestre universitario completo.

Members only.

Así, en inglés obligatorio, debido al miedo ancestral regiomontano hacia cualquier palabra parecida al sindicalismo.

La sede permanece escondida entre avenidas relucientes, camionetas monstruosas y edificios corporativos similares a fortalezas financieras. 

Desde afuera, cualquiera imaginaría un centro diplomático, adentro, el panorama recuerda una mezcla entre templo vikingo, búnker de influencers gastronómicos y casting tardío para narcocorridos empresariales.

La cerveza aparece primero.

Cubetas enteras sudando sobre mesas enormes, latas importadas desde Bélgica, Monterrey, Colorado o algún país escandinavo donde seguramente también asan mamuts. 

Nadie llega sobrio al ritual, sería ofensivo, allí cada socio presume barriga orgullosa, sonrisa blanqueada mediante créditos infinitos y mandiles bordados con frases motivacionales acerca del fuego.

“Smoke master” “Meat dealer” “Brisket therapist”

El carbón arde mientras decenas de hombres contemplan cortes sangrantes con expresión casi religiosa, ningún sacerdote católico observa hostias con semejante devoción.

A pocas cuadras, un restaurante gigantesco despliega hostess impecables, vestidos negros, tacones afilados, sonrisas entrenadas mediante salarios tristes. 

Desde la terraza pueden distinguirse los parrilleros entrando en caravana, camionetas GMC, Cadillac Escalade, RAM TRX y algún Porsche Cayenne manejado por juniors todavía incapaces de pronunciar “inflación” sin consultar TikTok.

Las hostess sonríen, los parrilleros saludan.

Todos participan del mismo ecosistema aspiracional: humo premium, proteína animal y apariencias hipotecadas.

Dentro del club nadie pregunta ideologías políticas, basta observar el reloj ajeno, allí existen empresarios acereros, herederos inmobiliarios, traumatizados fiscales, odontólogos amantes del bourbon, arquitectos obsesionados con Miami, influencers fitness consumidores secretos de chicharrón y jóvenes emprendedores enriquecidos mediante aplicaciones inútiles dedicadas a entregar croquetas orgánicas para bulldogs franceses.

También aparecen médicos cirujanos especializados en reconstruir narices arruinadas por cocaína elegante. 

  • Contadores públicos aficionados al golf.
  • Dueños de agencias automotrices.
  • Notarios públicos capaces de vender hasta sus propios primos por terrenos ubicados cerca del río Santa Catarina.

Nadie admite ansiedad, todos la padecen, por eso cocinan carne durante ocho horas.

La parrilla funciona como confesionario contemporáneo, allí ningún hombre llora, mejor compra otro tomahawk.

Cada reunión parece capítulo perdido entre reality culinario y convención petrolera. 

Uno presume sal del Himalaya, otro utiliza cuchillos japoneses fabricados manualmente por ancianos samuráis. 

Algún iluminado habla durante cuarenta minutos sobre ahumadores provenientes de Texas mientras el resto asiente igualito a ministros escuchando cifras económicas falsas.

  • La grasa chorrea.
  • La cerveza desaparece.
  • El colesterol celebra.

Desde alguna bocina emerge country texano mezclado con corridos tumbados. 

Extraña alianza fronteriza: Monterrey imaginando Dallas mientras consume playlist patrocinada por adolescentes con cadenas gigantes.

La comida resulta secundaria, lo verdaderamente importante consiste en pertenecer.

Members only.

Pertenecer al club invisible del éxito norteño, allí ningún socio reconoce miedo financiero, aunque deba cuatro tarjetas platinum. 

Nadie menciona divorcios, mucho menos hijos resentidos estudiando en Canadá, frente al humo todos representan personajes invencibles.

Uno llega vestido completamente negro, parecido a guardaespaldas balcánico, otro utiliza sombrero estilo Yellowstone, alguno más presume tenis blancos imposibles de ensuciar incluso caminando cerca del carbón. 

Parecen ejecutivos preparados para cerrar contratos petroleros mediante costillas bañadas en salsa bourbon.