Opinión

Los últimos guardianes del casete interestelar

Gerson Gómez DETONA® Subimos al taxi de aplicación durante una tarde abrasadora. 

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Por Gerson Gómez
Hay canciones que no envejecen. Solo esperan al siguiente guardián que las lleve por las calles, con las ventanas abajo y el volumen suficiente para vencer el ruido del mundo.
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Monterrey hervía bajo el sol, entre anuncios espectaculares, tráfico eterno y promesas municipales listas para ingresar al museo universal del olvido. 

El conductor saludó con cortesía antigua, similar a los recepcionistas elegantes, los boleros filósofos o los libreros capaces de recomendar una novela sin consultar algoritmo alguno.

Apenas cerré la puerta inició la ceremonia.

Los primeros acordes surgieron desde las bocinas, nada de corridos futuristas fabricados por computadora, nada de ritmos salidos desde laboratorios digitales, nada de voces afinadas por cirugía electrónica.

  • Sonaba Caifanes.
  • Luego apareció Soda Stereo.
  • Más adelante, Maldita Vecindad.
  • Después, Héroes del Silencio.
  • Más tarde, Fobia.

Al final del recorrido surgirían El Gran Silencio y Celso Piña, patronos informales del mestizaje musical regiomontano.

Durante varios minutos viajé sin hablar, resultaba imposible interrumpir semejante peregrinación sonora, aquella cabina móvil parecía cápsula temporal. 

Afuera circulaban camionetas gigantescas adquiridas mediante créditos infernales, adentro sobrevivía una civilización completa alimentada por guitarras, bajos, baterías y letras capaces de provocar incendios sentimentales.

El conductor movía la cabeza siguiendo cada compás, su expresión transmitía orgullo, también cierta superioridad moral, finalmente lanzó sentencia.

—Toda la música actual resulta un mugrero.

  • Frase contundente.
  • Frase lapidaria. 

Frase pronunciada millones de veces desde tiempos romanos, cuando algún veterano seguramente acusó a los jóvenes gladiadores por escuchar flautas decadentes.

Asentí con respeto, no por convicción absoluta, más bien por simpatía, Caifanes continuaba realizando milagros, Soda Stereo seguía convirtiendo avenidas congestionadas en autopistas espaciales, Maldita Vecindad mantenía vivo al barrio entero, Héroes del Silencio conservaba intacto su dramatismo volcánico, Fobia aportaba ironía elegante.

El Gran Silencio mezclaba frontera, cumbia y rebeldía, Celso Piña aparecía como emperador tropical sin necesidad de corona.

Durante varios semáforos permanecimos inmersos dentro del santuario, entonces surgió curiosidad legítima, observé al conductor mediante el espejo retrovisor. 

  • Barba discreta.
  • Gorra sencilla.
  • Rostro juvenil.

Ninguna señal visible propia del arqueólogo musical promedio, realicé pregunta inocente.

—¿Cuántos años tienes?

Esperaba respuesta cercana a cuarenta y tantos, tal vez cincuenta, incluso sesenta no habría provocado sorpresa, el conductor respondió sin drama.

—Veinticinco.

Casi solicité detener la unidad para revisar mi presión arterial, veinticinco, dos palabras habrían resultado menos impactantes. 

Meteorito. 

Apocalipsis. 

Atlantis.

Veinticinco.

Durante varios segundos imaginé error auditivo. Tal vez mencionó treinta y cinco. Tal vez cuarenta y cinco. Tal vez sufría interferencia acústica provocada por alguna maldición urbana.

No, veinticinco.

Allí recuperé fe profunda hacia nuestra especie, todavía existen espíritus libres, todavía aparecen ciudadanos capaces de explorar bibliotecas musicales sin ayuda pedagógica.