Opinión

La República del viático

Gerson Gómez DETONA® Toda ciudad posee palacios invisibles.

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Por Gerson Gómez
Cuando las facturas aparecen, los discursos cambian. Una reflexión sobre el poder, la administración pública y las consecuencias de olvidar quién financia los privilegios.
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No llevan almenas ni fosos, tampoco guardias con lanzas. 

Utilizan cafeteras industriales, recepcionistas sonrientes, elevadores silenciosos y oficinas climatizadas, desde allí circulan favores, invitaciones, boletos de avión, hospedajes cinco estrellas, compensaciones misteriosas y abrazos institucionales.

Monterrey domina esa disciplina con categoría olímpica.

La cultura sirve como religión oficial dentro del reino burocrático. 

  • Nadie discute una exposición.
  • Nadie protesta por un recital de cámara. 

Nadie cuestiona una feria editorial repleta de escritores, intelectuales, fotógrafos, funcionarios, políticos reciclados y patrocinadores con sonrisa de estampita.

El arte funciona como incienso, mientras tanto, detrás del altar, otro coro interpreta melodías menos románticas, los contadores rezan frente hojas de cálculo, los administradores sacrifican horas, fines de semana y estabilidad emocional.

Los proveedores practican paciencia franciscana, los funcionarios superiores juegan golf con el presupuesto. 

  • Todos participan.
  • Todos sonríen.
  • Todos entienden reglas jamás impresas.

Durante años, la maquinaria cultural del norte produjo festivales, encuentros literarios, conciertos, homenajes, exposiciones, presentaciones editoriales y ceremonias solemnes, fotografías abundantes, discursos kilométricos. Cócteles memorables.

Un visitante ingenuo habría pensado vivir dentro Atenas, un empleado administrativo habría pensado vivir dentro casino. 

  • Cada evento nacía acompañado por entusiasmo oficial.
  • Cada inauguración parecía llegada del Mesías cultural.
  • Cada cartel prometía revolución estética.

Luego aparecía la factura, siempre aparece, las facturas poseen pésima educación, interrumpen celebraciones, arruinan discursos.

Destruyen fantasías, la realidad financiera nunca aprendió modales, entonces iniciaba verdadera función. 

  • Llamadas.
  • Gestiones.
  • Favores.
  • Préstamos.
  • Adelantos.
  • Promesas.
  • Milagros.

Si el presupuesto alcanzaba para un caballo, alguien terminaba organizando desfile ecuestre completo, si existían recursos para una velada modesta, surgía una producción digna del Imperio Romano, nadie deseaba austeridad.

La austeridad jamás genera aplausos. 

El exceso sí, allí radica gran secreto nacional.  

  • Los políticos aman fotografías.
  • Los funcionarios aman reconocimientos.
  • Los artistas aman escenarios. 
  • Los proveedores aman pagos. 

Únicamente uno termina decepcionado.

Adivinen cuál.

Las oficinas culturales funcionan parecido a los viejos casinos fronterizos, mucha luz hacia fachada, mucho movimiento, mucho optimismo, al fondo, alguien siempre realiza cuentas imposibles.

Durante años circularon personajes dignos del realismo mágico norteño, choferes convertidos hacia consejeros, secretarias transformadas hacia diplomáticas internacionales, administradores especialistas en apagar incendios financieros.

Directivos capaces de sobrevivir treinta crisis antes del desayuno, gente acostumbrada a resolver problemas mediante celular, agenda y relaciones personales.  

El Estado moderno descansa sobre hombros semejantes, no sobre filósofos, muchísimo menos sobre discursos.

Una feria editorial podía convertirse en expedición militar, cientos de invitados.

  • Decenas de vuelos.
  • Habitaciones reservadas.
  • Traslados.
  • Viáticos.
  • Comidas. 
  • Atenciones.
  • Sonrisas.
  • Egos.
  • Muchos egos, demasiados egos. 

Un poeta exige agua mineral francesa, un novelista solicita suite especial, un académico demanda automóvil exclusivo.