Los párpados del alma

No experimentaba esa vibración que a nosotras nos provocaban los Beatles, Billy Joel, Barry White o Rod Stewart en los sesenta y setenta.
En su casa no se escuchaba nada.
Analizando la dinámica de algunos de mis familiares, detecté el mismo fenómeno: había en sus casas discos, pero eran objetos mudos, decoración que acumulaba polvo.
Todo lo contrario a mi infancia, donde la música estructuraba el tiempo.
Desde el amanecer nos envolvía la ópera.
Mi papá llegaba de trabajar y su refugio inmediato era el piano —donde tocaba unos valses espantosos que, a su manera, eran música— y las noches eran invariablemente de los clásicos.
Y si entre mi mamá, gran pianista, y mi papá, que se hablaban a través de la música, había desacuerdo, se escuchaba a mi mamá tocar a Beethoven; desde entonces entiendo a Ludwig.
Pensando en esto, me fui a los libros y a una idea de Pascal Quignard: el oído no tiene párpados; estamos expuestos al sonido desde antes de nacer.
Escuchar música en la vida adulta es, en el fondo, una nostalgia; un intento inconsciente de regresar a esa noche uterina donde el sonido lo era todo.
Invariablemente, que mi hogar estuviera lleno de notas desde el amanecer no hacía más que prolongar esa calidez del origen.
Sin embargo, este lazo no es solo místico, sino biológico.
El neurocientífico Daniel J. Levitin sostiene que la música es una herencia evolutiva escrita en nuestro ADN; antes del lenguaje hablado, la especie ya se comunicaba a través de ritmos y tonos. Desde su perspectiva, todos heredamos la capacidad de procesar la música, pero la sensibilidad y la necesidad de ella se cultivan.
Estudios científicos con gemelos respaldan este mapa de la herencia al demostrar que hasta el 54% de nuestra sensibilidad y placer hacia la música está determinado por la genética.
El resto es entorno familiar, que enciende o apaga ese interruptor interno.
Ese interruptor no solo opera a nivel individual, sino colectivo: la música posee la fuerza primigenia de unir a los amigos, de congregar a las personas en una sintonía invisible donde las palabras sobran.
Y si es capaz de vertebrar una casa, también es capaz de reflejar a países enteros.
Culturalmente hablando, es la radiografía espiritual de una nación.
¿Qué dice de un país su música?
Nos habla de sus heridas históricas, de la geografía de su temperamento, de cómo procesa la melancolía, el fervor o la fiesta.
Un pueblo se revela en sus ritmos; la cadencia de sus sonidos expone la forma exacta en que su gente experimenta la alegría o el duelo.


