Nuestras tierras

Que la belleza le cayó encima como golpe de sol y se quedó parada ahí, sin nombre ni lugar, y cuando volvió en sí ya no tenía sed de nada.
Yo no sé si creerle.
Pero tampoco tengo razones para no hacerlo.
Nosotros, los de Monterrey, vivimos metidos entre lo de adentro y lo de allá lejos.
Entre la oficina y el D.F.
Entre la lata y la lata.
Y la Huasteca ha estado ahí, a veinte minutos de San Pedro, callada como los muertos, esperando que alguien se acordara de voltear a verla.
Yo tardé años.
Llegué de casualidad, como se llega a los lugares que importan.
Y lo que encontré no tiene nombre fácil: los riscos grises, los acantilados como huesos pelados al sol, la tierra cansada que aguanta burros y vacas y ya no aguanta más.
Dicen que ahí avientan cuerpos.
Que los ciclistas se caen.
La gente le tiene miedo a lo que no conoce, y a lo que conoce también, pero eso es otro asunto.
Me vino a la mente Pedro Páramo.
No sé por qué.
Quizás porque la soledad de ese lugar es de la misma familia que la de Comala: una soledad que lleva mucho tiempo ahí, que ya echó raíces.
¿Cómo es posible, me dije, que haya tardado tanto?
El miércoles estaba en la Huasteca y el sábado en Boca de Potrerillos.
Como si algo me jalara hacia los lugares que llevan años esperando, sin prisa, sin queja.
Me uní a un grupo de mujeres curiosas, de mundos muy distintos entre sí.
Eso le dio a la visita ese ingrediente que hace que los viajes no se olviden: distintas maneras de ver, humor cuando menos se espera, sorpresas y un poco de picardía.
Sin esas cosas, los caminos no dejan nada.
Boca de Potrerillos queda a una hora de Monterrey, rumbo a Monclova.
También es inhóspito.
Seco.
Con el semidesierto encima como una manta vieja.
Pero en las rocas hay dibujos, petrograbados de nueve mil años.
Nueve mil años de gente que llegó y se quedó, que encontró algo ahí que nosotros ya no vemos.
Es un lugar de una belleza que duele mirar, y muy caliente, casi demasiado para mí.


