
“La venganza no es mi fuerte”
Ya se sabe que López Obrador hará exactamente lo contrario de lo que ofreció.
Dijo que como presidente sería escrupulosamente honesto, respetuoso de instituciones, división de poderes, medios de comunicación y opositores políticos.
Pasará a la historia, entre muchas otras cosas, por un extraordinario despliegue de cinismo e hipocresía.
Al final de su sexenio, se regodea en la hiel y el rencor.
Se da cuenta que sus palabras y sus actos lo han mostrado como un mentiroso, ratero y traidor, lo opuesto de su “no miente, no roba y no traiciona”.
A nadie le gusta ser exhibido
Dorian Gray tenía oculto en el rincón más apartado de su mansión londinense el retrato que iba mostrando los estragos físicos que causaba su creciente podredumbre moral.
El Licenciado no puede ocultarse del espejo que son los medios de comunicación y las redes sociales, esas que como candidato antes tanto bendecía y ahora tanto detesta.
Quizá los largos años de campaña le hicieron pensar que sería diferente.
Se proclamaba honesto y cargando solo 200 pesos en la cartera mientras era, como diría la biógrafa de sus corruptelas, Elena Chávez, el “Rey del cash”.
Se puso la piel de oveja demócrata, de estar buscando que los pobres fuesen siempre primero, y millones de ingenuos se lo compraron. El lobo demagogo y autoritario, incluso, confesaría alguna vez, ya presidente, en una de sus homilías mañaneras, que esos pobres eran su carne de cañón política y electoral.
María Amparo Casar es solo la más reciente damnificada del rencoroso de Palacio, quien una vez más muestra que no duda en usar su poder para dañar a quien culpa por exhibirlo.
Es el impudoroso despliegue de la prepotencia atropellando las leyes e instituciones, al cabo se sabe impune de cualquier delito que cometa, con la mayoría de los legisladores y el aparato de justicia bajo su puño.

