El derrumbe moral del poder y la indiferencia ciudadana


El cinismo como forma de gobierno
Las decisiones públicas ya no se toman con sentido de responsabilidad, sino con cálculo mediático.
Se gobierna a base de ocurrencias, de anuncios de impacto, pero sin sustento, de pleitos entre poderes y de promesas recicladas.
La política estatal se ha convertido en una mezcla de espectáculo y simulación donde la prioridad no es servir, sino mantenerse en escena.
El discurso oficial presume obras inconclusas como si fueran logros terminados, manipula cifras, justifica errores con arrogancia y se ampara en una narrativa de modernidad que solo existe en redes sociales.
La administración pública ha dejado de ser un instrumento de desarrollo para convertirse en una estrategia de autopromoción.
Y lo más preocupante es que todo esto sucede frente a una ciudadanía cada vez más anestesiada.
Los errores de cálculo en proyectos millonarios (como la Línea 4 del Metro), los sobrecostos en contratos y asignados amigos cercanos al poder y los gastos desproporcionados en propaganda política ya no generan indignación.
En un estado que alguna vez fue ejemplo de planeación y eficiencia, hoy parece reinar la improvisación y el desdén.






