
¿Les platico? ¡Arre!
Aquella tarde no me dijo el significado de esa palabra. A mis 8 años todavía no lo sabía y la primera conclusión que encontré de ese incidente con mi mentora fue:
A veces debo aprender a alejarme de mí mismo, de lo que soy.
Más adelante exploraré con ustedes la trascendencia de semejante conclusión.
Todavía no terminaban de echar la última palada de tierra sobre su tumba y ya estaba yo consultando a mi pequeño Larousse Ilustrado; entonces no había lo que hay hoy para disipar las ignorancias del lenguaje.
Y encontré esto como significado de "fatuo", en su acepción de sustantivo:
"Falto de entendimiento".
(Acotación importante y pertinente: En los cambios de casa que he tenido en mi vida, lo primero que rescato -para llevarme a la siguiente- es ese pequeño Larousse Ilustrado, que tiene más años que mi edad).
Ahora sí, vayamos al grano, como dice el dermatólogo a su paciente adolescente:
Como diletante que soy del fútbol -recuerden, a mí me gusta el béisbol- observo cosas que los conocedores y aficionados no detectan:
Me encantó el abrazo que algunos de los jugadores ingleses dieron a Morita, el más pequeño y desconsolado de la Selección Mexicana después del partido que eliminó a nuestro País del Mundial 2026.
Bellingham fue quien se quitó su camiseta cuando iba rumbo a los vestidores, la intercambió con Morita y lo abrazó, pero el más enternecedor abrazo que he visto en mucho tiempo fue otro que ocurrió cuando los jugadores todavía estaban en la cancha.
No sé cómo se llama ese inglés, pero Morita estaba llorando cuando eso ocurrió.
Dicha escena estará conmigo mucho mucho tiempo, por el templo que le pongo a los abrazos, como muestra de amor, de amistad, de solidaridad, de respaldo, de hermandad, de paz, de fervor, de plegaria, de rezo, de arrope.
Y entonces, decidí volver a mi lectura de Milan Kundera, a quien reencontré creo que en un momento muy importante de mi vida.
Vuelvo al tema de hoy:
El mero 4 de julio recibí una llamada totalmente inesperada de alguien que fue mi jefe cuando los años dorados del Grupo Alfa, después de mi tiempo en El Norte y antes de Caintra y Cydsa.
Apareció de la nada y me dijo que más que felicitarme por mi cumpleaños, llamaba porque sentía que sus años se apagaban y quería compartirme algo.
"Plácido, a veces, conviene alejarse de los incrédulos, de los que tienes qué explicarles cosas que a la primera o a la segunda no entienden, y no lo digo porque les falte intelecto, sino porque les sobran intenciones para no creer en ti".
Horas después, ese mismo 4 de julio, alguien políticamente cercano me dijo -cuando discerníamos sobre mi primer artículo sobre Milan Kundera- "ni tú te la crees".
No le respondí nada sobre mi idea de los incrédulos, pero ahí queda el apunte.
Durante muchos años, el nombre de mi ex jefe estuvo ligado al poderoso Grupo Alfa. Mencionar su nombre era referirse a él.
Y hoy, con esto en mente, vuelvo a Kundera y su inmarcesible libro -lo que no se marchita- "La insoportable levedad del ser", de cuyas páginas rescato los siguientes apuntes:


