
Hace años viajé por motivos de trabajo a Noruega.
Y si no fuera tan apegado a mi tierra regiomontana —aquí nací y aquí me moriré—, probablemente me habría quedado a vivir allá, junto a los fiordos, en uno de los países más ordenados, prósperos y balsámicos del mundo.
Noruega es parte del bloque nórdico:
Dinamarca, Suecia, Finlandia, Islandia y, por supuesto, Noruega.
Países donde todo parece funcionar, donde el transporte funciona, donde el gobierno funciona. Donde la sociedad funciona.
Pero antes de llegar a Oslo, mi primer destino fue Grimstad, un pueblito costero al sur del país. Un lugar donde el sonido más fuerte que escuché no era el tráfico, sino las gaviotas riñendo por un arenque y las olas golpeando contra los muelles de madera pintados de blanco.
Entonces vino el contraste.
De ese pueblo de 20,000 habitantes me fui a Oslo, la capital de Noruega, y , saliendo de la estación de tren, transbordé al metro:
El famoso T-banen.
En ese momento pensé en mi Monterrey, a 9,000 kilómetros de distancia.
Pensé en lo que podríamos hacer si todos nos tomáramos en serio el Metro del área metropolitana de Monterrey.
En Oslo, lo primero que sorprende no es la velocidad de los trenes, es el silencio, recuerdo la estación de Nationaltheatret.
Vi anunciada una puesta en escena de la obra de teatro Casa de Muñecas, de Henrik Ibsen.
Y, aunque no entendiera el idioma, conocía la obra casi de memoria.
Ibsen, el gigante de la dramaturgia noruega, el que retrató como nadie la hipocresía de la sociedad moderna.
Y, mientras veía esa obra maestra, pensaba en los andenes del metro: ordenados, pero también caros, muy caros.
El sistema T-banen sirve a una ciudad de apenas 600,000 habitantes, tiene 85 kilómetros de vías, y es uno de los metros más caros de Europa.
El boleto equivale a unos $90 pesos mexicanos, ahora comparemos.
Metrorrey mueve a millones de personas en la zona metropolitana, y el QR cuesta mucho menos que el de Oslo, el servicio, en muchos aspectos, es muy similar. Y, en algunos, incluso el nuestro es mejor.
Oslo tiene el metro más ecológico de Europa.
Funciona casi totalmente con energía hidroeléctrica, sí, el tren sale del túnel y, de pronto, ves un fiordo, veleros, acantilados, hasta una foca asomándose como si fuera parte del paisaje.
Ahora vamos a los números.
Oslo presume décadas construyendo su red, desde los años sesenta comenzó a modernizar su metro.
Nosotros empezamos tarde.
La Línea 1 arrancó en 1988, se terminó en 1991, y luego, el tiempo se detuvo.
Una decena trágica, años en los que no se construyó nada, años en los que nadie tuvo la mínima visión.
Y ahora tenemos que recuperar en seis años lo que no se hizo en una década.


