El paredón de la nostalgia
Nos ajustamos el cinturón de los recuerdos. En momentos cuando nos acompañan las ráfagas del calendario. Despilfarramos los días y las horas, las machacamos en la licuadora de la banalidad.
De quienes nos precedieron, ausentes en lo físico, les revisamos con lupa. Señalamos sus defectos o engrandecemos sus cualidades de bondad.
Brindamos con el trago de la amargura. De los amigos transitorios y de quienes nos dieron la espalda en la necesidad.
Al familiar ingrato, a la bala perdida, al irrazonable y al irredento, los colocamos al mismo nivel de los truhanes y maleantes.
En la oscuridad de la realidad, van quedando pocos. Los soñadores, los lunáticos y los heterodoxos.
Quienes definieron, desde el prólogo de sus vidas, la posibilidad de redención. Los mercados editoriales ofrecen biografías ficticias. Elevaciones a nivel mesiánico de charlatanes y de manipuladores.
Enseñamos a nuestros descendientes a ser intuitivos. A enamorarse de cada gota de rocío en la niñez. No faltar a la palabra en la juventud. De la mano de la pareja o en la soledad por determinación personal.
