El Quijote migrante

Sin rucio ni escudero, sin lanza ni peto, viste la ropa desgastada de los pobres, calza tenis deshilachados, come las tortillas y frijoles que la buena gente le da -cuando le da- y duerme un día aquí y otro allá a la buenaventura de Dios.
El semblante melancólico le da un aire triste a su mirar.
Habla poco, protege como puede a su mujer (su Dulcinea) y a su hijo de los riesgos de la dura travesía y, sin embargo, una fe inquebrantable lo sostiene: va al norte, a buscar su oportunidad de vida más allá de la frontera en donde termina México.
En donde todos vemos adversidades y peligros, el Quijote atisba por más allá el Castillo que le espera, el que construirá con el duro trabajo de sus manos y el empuje de su espíritu.
En donde todos vemos desesperanza, violencia, políticos corruptos y territorios gobernados por delincuentes, el Quijote se aferra al timón de su frágil barca que navega los mares más peligrosos, pues tras la tempestad vendrá la calma.
Viene de tierras lejanas al sur de México.
El amor y la calidez que ha encontrado, maravillosamente, en nuestra Patria le basta para sentir agradecimiento, para compensar los abusos, el desprecio y los robos que ha sufrido con su familia.
Desterrado de su patria, camina por países y regiones que nunca hubiera imaginado, de paisajes tan hermosos que hacen olvidar cualquier miseria y de atardeceres que rasgan los cielos en mil tonos púrpuras.
Nada lo detendrá ni arraigará hasta ver cumplido su sueño.
