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Un avión aterriza puntual en suelo regiomontano, los motores rugen, cesan, liberan un pasajero singular, Shamuel pisa Monterrey portando una misión milenaria, un rito purificador.
Calendario riguroso: martes, miércoles, jueves.
Tres días de labor ininterrumpida lejos de su hogar actual, su punto de partida, la inmensa capital del país; su destino, los rastros norteños.
El joven tiene veinticuatro años, viste ropas discretas, cubre su coronilla con la tradicional yarmulke, prenda denominada kipa por los lugareños.
Shamuel personifica al matancero kosher, figura indispensable, guardián riguroso de la Torah.
Su existencia transcurre bajo la estricta observancia divina, un código sagrado compuesto por seiscientos trece mandamientos.
Aquellas leyes rigen su pulso, guían su mano, determinan la pureza de cada bocado consumido por su pueblo.
Cifras de sangre y fe.
El consumo cárnico exige precisión absoluta, pulcritud ritual.
Aves, bovinos, caprinos; nada escapa a su escrutinio minucioso, el cabrito, manjar emblemático de estas tierras áridas, pasa por su acero afilado en cantidades industriales, tres mil ejemplares sufren el corte ceremonial bajo su diestra experta en estas jornadas norteñas.
Su actividad en la Ciudad de México exhibe dimensiones descomunales, allá, trescientas cincuenta reses caen semanalmente cumpliendo los dictámenes celestiales.
Un festejo comunitario, alguna boda fastuosa, un banquete imprevisto añaden cincuenta cabezas adicionales al conteo regular.
El poder económico, la suntuosidad de tales celebraciones, evidencian un estatus social envidiable, una solvencia financiera capaz de movilizar industrias enteras con un simple parpadeo.
Pasiones terrenales, sueños limpios.
Fuera del matadero, Shamuel rescata la frescura de su juventud, disfruta los partidos de los Lakers de Los Ángeles, sigue con fervor los triunfos de los Sultanes locales, vibra con el deporte igual a cualquier muchacho de su edad.
Sorprendentemente, sus noches transcurren plácidas, libres de visiones macabras, su mente no alberga ríos bermejos ni lamentos animales; duerme en paz, cobijado por la certeza del deber cumplido, la bendición divina respaldando su oficio.
El éxodo dorado hacia el sur.
La ironía muerde el orgullo regiomontano con fuerza, Monterrey, cuna de dinastías industriales, crisol de fortunas legendarias, solía albergar estas almas laboriosas, estos capitales discretos pero inmensos.
Hoy, la realidad muestra un panorama distinto, las influyentes familias hebreas abandonaron paulatinamente los rumbos de San Pedro, las lomas de la Huasteca, buscando horizontes diferentes.
Aquel éxodo silencioso transfirió fortunas, empresas, rezos hacia la capital mexicana, las razones flotan en el ambiente, sutiles pero evidentes.
Allá, entre rascacielos interminables, colonias exclusivas, esquemas de protección sofisticados, hallaron el sosiego perdido, se sienten más seguros resguardados por el anonimato de la metrópoli, lejos de las miradas indiscretas, las tensiones norteñas.


