
Tokio, Japón.- Pisé Japón y volví a una casa nunca habitada.
Frialdad japonesa, cortesía que tranquiliza.
Rostros que guardan todo en caja de laca.
Vencido tras la guerra, se rehízo sin perder el alma.
Agua sin viento.
Quien pierde el ritmo se cansa pronto.
Un hombre áspero, la camarera, la esposa ignorada.
Solo miraba al nieto: afecto que salta generaciones.
Fila de taxis en Tokyo Station, lluvia sin fin.
Una pareja con maletas, recién bañados, increíble.
Él apenas la miraba, ni de reojo.
Hotel Okura, belleza que no necesita ser nueva.
Madera, techos a la medida, la altura justa a tu cuerpo, medida áurea, sillas cómodas.
Ahí el cuerpo descansa mejor que en su propia cama.
Y mi hotel, lección para un futuro sin excesos: una cama, una tele, una regadera generosa, instrumentos de higiene exactos.
No digo maravilla, digo limpio: palabra entera.
Agua sin viento.
Nada es familiar; la lengua no da atajos.
Todos huelen a recién salidos del baño.
¿La comida, tres baños diarios, nada de perfume?
Jabón y agua llevados a su perfección.
Vine hace un año, y fue salvaje, audaz, todo sencillo.
Hoy quiero cada trazo, cada color, cada signo.
El precio de mirar dos veces.
No sé por qué viven tanto.
No sé por qué estoy tan cómoda.
Las agruras desaparecieron.
La maleta se llena de ideas, no de cosas, y las cosas que entran parecen hechas de otra forma.
Agua sin viento.
Amo la reserva, no la indiferencia.
Tokio se aprende caminando, con respiración larga.



