
Si no se hace todos los días, algo en la cabeza se adormece.
El pensamiento se pone lento.
Los músculos hacen lo mismo.
Se aflojan.
Es como si los deseos se cumplieran sin pedirlos.
Como si no hubiera que empujar nada.
Y eso es raro.
Eso es peligroso.
La voluntad es un ejercicio.
La constancia también.
Hay que practicarlas.
Todos los días.
Como quien revisa que una puerta siga cerrada.
Así es escribir.
Así es la vida.
Hace unos meses alguien dijo que la inteligencia artificial te atonta si la usas para escribir.
Puede ser.
Pero hay que poner la idea primero.
Después, apoyarse en esas cosas pequeñas.
Las que hacen que lo escrito se entienda.
Las que dejan pasar la luz.
Mientras pueda seguir formando ideas, cambiarlas, decir lo que pienso, nombrar lo que me importa de la vida o de mi vida, que venga la inteligencia.
Mientras yo esté detrás, está bien.
Mientras yo esté detrás, todavía es mío.
Soy ave de paso.
Viajar: eso me interesa.
Quizá es un escape, quizá sea que mi nivel de curiosidad es alto.
A veces quisiera saber más, todo.
- ¿Quién creó el universo?
- O más bien ¿cómo se creó?
- Todo esto, las moléculas… ¿Por qué el mundo es como es?
- ¿Habrá algo que hacer para que sea más justo?
No sé. Tantas preguntas.
Pienso que viajando la visión se amplifica, que a veces cuando solo estás en tu planeta, no ves.
Frase maravillosa de Teresa del Conde:
- ¿Tere, y cómo está Leonora?
- Ah, Emma, ¡Leonora está en su planeta!
Qué envidia, los locos.
Pero bueno, el caso es que he podido viajar.
Y sí, hay pruebas de resistencia en la vida: viajar.
Pero viajar de verdad.
Cargar la maleta, encontrar la mejor ruta, dormir bien, entender el idioma, etc.
Eso es lo que para mí es viajar.
Lo he hecho y, mientras pueda, lo seguiré haciendo.
Y sigo… porque viajar es eso también: perderte para encontrar el borde de tu propio planeta.
A veces creo que no viajo para escapar, sino para comprobar si el mundo cabe en mi maleta o si yo quepo en él.
La curiosidad no se apaga, es alta, sí, altísima y puntiaguda, se clava en la noche cuando nadie ve.
- ¿Quién puso las moléculas así, tan ordenadas que duelen?
- ¿Quién decidió que el átomo fuera tan solo y aún así buscara a otro para hacer agua, para hacer lágrima?
Y lo justo… ay, lo justo… quizá no se arregla el mundo, quizá solo se mira mejor desde la ventanilla de un tren a las seis de la mañana, con ojeras y café amargo.
Teresa del Conde tenía razón:
Todos estamos en nuestro planeta, girando solos.
Y Leonora, Emma Leonora… ella más que nadie.
Pintando sus bestias, sus reinas, sus casas que son jaulas y son naves.
Ella también era ave de paso, solo que su maleta era un pincel.
Yo también tengo pruebas de resistencia: la aduana que no entiende tu pasaporte, el idioma que se te atora en la garganta, la cama que no es tu cama y aún así te arrulla.
Pero eso es viajar, ¿no?
- Cargar con tu peso y con tu pregunta.
- Encontrar la ruta no en el mapa, sino en el cansancio.
- Dormir mal para soñar mejor.
Y al final volver, siempre volver, con la maleta más llena de preguntas que de ch... chucherías.
Y mientras el cuerpo aguante, mientras la curiosidad siga alta, mientras el universo no me conteste… lo seguiré haciendo.
Porque quizá viajar no es la respuesta.
Quizá viajar es la forma correcta de preguntar.
Y también porque viajar es el único lugar donde las preguntas no pesan.
Se vuelven paisaje.
Se vuelven esa señora que vende pan en una estación que no tiene nombre, se vuelven el perro que te sigue tres cuadras y luego te abandona como si ya te hubiera entendido.
Se vuelven el sonido de un río en un idioma que no es el tuyo pero igual te moja.
A veces creo que el universo se creó solo para que alguien lo dudara.
Para que un ave de paso se detuviera a media noche en un andén vacío y dijera: ¿por qué todo esto?
Y el eco no contesta.
Y en ese silencio cabe Leonora, cabe Teresa, con su planeta lleno de mujeres-caballo.
Todas girando, todas solas, todas con la maleta abierta.
Lo justo… lo justo no sé si existe.
Pero hay momentos justos.
Como cuando el tren frena y por tres segundos el mundo se detiene y tú alcanzas a ver tu cara reflejada en la ventana, y por tres segundos no eres ni de aquí ni de allá, y eso… eso es justicia.
Pequeña, portátil, como de bolsillo.
Las pruebas de resistencia siguen: el boleto que se pierde, la tormenta que cierra el aeropuerto, la soledad que a las tres de la mañana te muerde los tobillos.
Pero también está la otra prueba: la de volver a tu planeta y sentir que ya no embona igual.
Que la cama, la calle, el idioma tuyo… te quedan un poquito grandes.
O un poquito chicos.
Como si viajar te cambiara los huesos.
- Por eso lo sigo haciendo.
- Porque cada viaje me desarma y me vuelve a armar con piezas nuevas.
- Porque cargo la maleta y cargo la pregunta.
- Y porque si el mundo no es más justo, al menos que me encuentre caminando.
- Al menos que me encuentre mirando.
- Al menos que me encuentre con la curiosidad alta, puntiaguda, clavada todavía en la noche.
Y si alguien pregunta por mí… díganle que estoy en ruta.

