El arte no tiene madre...

Hablar de arte no es lo mío, al menos no desde la teoría ni el conocimiento formal.
Lo que tengo es intuición: sé por ósmosis qué tiene potencial y qué, con más facilidad, encontraría aceptación.
Empecé tarde en este mundo, y el recorrido -desde Marco, Galería hasta la forma híbrida de operar en la que las circunstancias me han convertido- me ha dado tanto, que si no escribo sobre lo que acabo de vivir, me ahogo.
Hace unos meses, en un viaje, un buen amigo me invitó a participar en un proyecto en Europa en torno a la obra de Rodrigo Imaz.
Su nombre me era conocido, pero nunca le había prestado verdadera atención. Ese encuentro cambió las cosas, y es precisamente por eso que hoy escribo sobre él.
Rodrigo Imaz presentó en el Tec Lab. de Arte AC hace unas horas un libro llamado AQUÍ.
Mi opinión sobre Rodrigo es únicamente sobre él como artista.
Para su fortuna o su desgracia -según cómo se mire- es hijo del primer esposo de nuestra Presidenta, Claudia Sheinbaum.
Eso inevitablemente forma parte de su contexto, pero no es lo que me interesa.
Rodrigo es un hombre agradable -yo diría que hasta guapo- con todos los manerismos propios de los artistas que abundan en México.
Y vaya que los hay: miles buenos que aún están por descubrirse, y otros tantos que, sin ser necesariamente los mejores, ya gozan de reconocimiento. Así es el mundo del arte: lleno de misterio, de capas, de lecturas posibles.
Y justamente porque es tan abstracto, se valen todas las opiniones, todas las plataformas... y todos los coleccionistas ¿qué sería de los artistas sin su apoyo?
Mi primera pregunta -y lo digo sin ningún afán de ser aduladora ni de entender lo que genuinamente no entiendo- fue
¿Por qué el Tec invita al hijo de la Presidenta?
Pero lejos de cualquier cinismo, lo que me pareció fue un gesto profundamente democrático.
Aunque ya estudiando su historia, veo que estuvo en el 2014 en el Museo Marco con una pieza preámbulo a su documental Juan Perro. Eso quizá explica mucho más el por qué.


