La política exterior también se decide con emociones

Estudié relaciones internacionales.
Y siempre nos enseñaron a pensar la política exterior como el terreno de la razón fría, intereses nacionales, equilibrios de poder, disuasión, estrategia.
En los libros de texto y en los estudios de caso, los Estados actúan como si fueran calculadoras: miden costos, proyectan beneficios y eligen el curso de acción óptimo.
Pero la historia real —la que cobra guerras, crisis y errores monumentales— nos cuenta otra cosa, la política internacional, así como la política interna, está atravesada por emociones.
Hace algunos años, a fines del 2018, leí el libro The Strange Order of Things, del neurocientífico Antonio Damasio, habían pasado las elecciones, iniciaba un nuevo gobierno y ahí encontré una clave poderosa para entender por qué tantas decisiones internacionales fracasan.
Su tesis central es tan simple como incómoda, los sentimientos no son el enemigo de la razón; son su fundamento biológico, antes de pensar, sentimos.
Antes de calcular, reaccionamos, la cultura, la política y las instituciones no flotan por encima de esa realidad, son extensiones de ella.
Aplicar esta idea a la política exterior cambia por completo la conversación de hoy, nos obliga a reconocer que los Estados no solo buscan maximizar poder o riqueza, sino restablecer una sensación colectiva de equilibrio, seguridad, dignidad, reconocimiento, control del destino.
Cuando ese equilibrio se percibe amenazado, la respuesta rara vez es puramente racional.
La homeostasis también gobierna a las naciones
Damasio parte de un concepto biológico, la homeostasis, el conjunto de mecanismos que permiten a los organismos mantenerse con vida y en equilibrio.
El dolor, el miedo, el placer o la calma son señales que orientan la conducta, con el tiempo, esas señales se hicieron cada vez más complejas y dieron lugar a la cultura, la moral y la política.
Visto así, la política exterior es una forma ampliada de regulación emocional colectiva, los Estados actúan no solo para ganar, sino para dejar de sentirse amenazados, humillados o fuera de control, ignorar esta dimensión ha sido una receta segura para el desastre.
Cuando la razón no basta: la Primera Guerra Mundial
Pocas tragedias ilustran mejor esta idea que la Primera Guerra Mundial, desde una lógica racional, la guerra era una pésima decisión: economías interdependientes, ejércitos conscientes de la devastación industrial, líderes que conocían los costos, y aun así, Europa se lanzó al abismo.
¿Por qué? Porque la lógica fue desbordada por emociones colectivas:
- miedo al declive, obsesión con el honor, humillación nacional, ansiedad ante la pérdida de estatus, el asesinato del archiduque Francisco Fernando no activó un cálculo sereno, sino un pánico homeostático, una sensación de que el orden se rompía y debía restaurarse de inmediato, cueste lo que cueste.
La guerra no fue producto de irracionalidad pura, sino de emociones no reconocidas gobernando decisiones estratégicas.
La Guerra Fría: éxito por administrar el miedo
Paradójicamente, la Guerra Fría muestra el otro lado de la moneda, durante décadas, Estados Unidos y la Unión Soviética evitaron una guerra nuclear no porque confiaran uno en el otro, sino porque comprendieron sus límites emocionales, la disuasión funcionó porque ambos lados compartían un miedo existencial.
El momento más peligroso —la Crisis de los Misiles en Cuba— se resolvió no solo con cálculo militar, sino con empatía estratégica, Kennedy y Jrushchov entendieron que el otro necesitaba una salida que preservara dignidad, la racionalidad funcionó porque estuvo anclada en una comprensión profunda del miedo humano.
Damasio diría que ahí la política exterior respetó la biología de quienes decidían.
Irak 2003: cuando se ignoran las emociones propias y ajenas
La invasión de Irak en 2003 es un ejemplo clásico de lo contrario, desde Washington se diseñó una estrategia racional: derrocar a Saddam Hussein, instalar instituciones democráticas, estabilizar la región, lo que se ignoró fue el paisaje emocional de la sociedad iraquí: humillación acumulada, fracturas sectarias, miedo, resentimiento y trauma.
También se ignoraron las emociones propias, el miedo y la ira tras el 11 de septiembre se disfrazaron de estrategia objetiva, la política se presentó como lógica, pero fue impulsada por sentimientos no examinados, el resultado fue una catástrofe que aún hoy reverbera.
Cuando las emociones se niegan, no desaparecen, mandan desde las sombras.