Reuniendo a las políticas

Traducido al dialecto político de la zona metropolitana: carne, cerveza y promesas servidas al centro de la mesa, con refill infinito de sonrisas y fotografías.
El anfitrión, Héctor García, alcalde de Guadalupe, llegaba puntual a su propio escenario, como quien sabe que el aplauso no se improvisa, pero tampoco se desprecia.
Su cumpleaños adelantado.
Aproveche el día feriado.
El lugar tenía historia, y no precisamente de esas que se cuentan en discursos oficiales.
El Jardín Cerveza —antes conocido como el Show Rosas— es de esos espacios donde la memoria colectiva no se archiva, se evapora.
Cambió de nombre, pero no de espíritu: sigue siendo un templo pagano donde la política se mezcla con la nostalgia, el oportunismo y el olor a asador.
Ahí, bajo lonas que prometían sombra pero entregaban calor, se reunían las bases políticas de las colonias.
- Las mismas de siempre, aunque con caras renovadas.
- O al menos eso parecía.
- Aquí conviven los que quieren.
- Los que pueden.
- Y, sobre todo, los que necesitan.
- Porque en política, querer es poder, pero necesitar es asistir.
Había de todo: líderes vecinales con carpeta bajo el brazo, operadores con mirada de cálculo, aspirantes accidentales que todavía no saben si van subiendo o ya van cayendo.
“No se piense mal”, diría alguien con sonrisa diplomática, mientras calcula cuántos votos caben en una mesa de diez personas.
Porque en este tipo de comidas, la carne es lo de menos; lo importante es el conteo invisible que ocurre entre plato y plato.




