Entre Dimas y Gestas

Hay muchos ingenuos, o sólo amables, que me consideran un buen periodista.
(RESPETUOSA Y OPORTUNA NOTA DEL EDITOR: Para DETONA, José Francisco Villarreal es un gran escritor, amén de muy valioso periodista. Y aquí no aplica para nada el dicho de que "elogio en boca propia, vituperio).
Me apena decepcionarlos, pero nunca lo he sido. Mi único título es el de Técnico Mecánico Electricista, aunque no me gustan los toques… ni eléctricos ni botánicos. Eso sí, desde mi infancia hasta más allá de mi madurez fui un lector voraz… madurez fisiológica, la otra todavía no llega.
Ahora ya soy un lector perezoso. Si un libro no me atrapa en las primeras páginas, lo dejo.
Si un titular me confunde en lugar de interesarme, o me remite a algo ajeno al hecho, no leo la nota.
En esto último, sólo hago excepciones en las columnas de opinión, después de todo de eso se trata, de opiniones.
Aunque la opinión es muy taimada y nos refleja; al final, a tanto leer columnas, uno acaba por saber más del columnista que de sus reflexiones.
El Olimpo del periodismo de opinión es un laberinto de espejos.
Y como un espejo es la mímesis más parecida a lo real, existe siempre pero siempre depende del ojo que la ve.
Tal vez por eso las redes sociales ebullen de publicaciones que reflejan opiniones ajenas.
Aunque, la reflexión, dice la Óptica, invierte todo.
Mi tiempo en los medios (algunas décadas) fue muy difícil para un analfabeta de esta disciplina.
Sin la dignidad de comunicólogo titulado, fui extremadamente cuidadoso en la recopilación, análisis y procesamiento de los datos.
Cuidadoso, no siempre eficiente. Quiero suponer que un periodista es tan cauteloso por oficio.
Sin acervo universitario en el tema, recurrí al consejo o ejemplo de periodistas de verdad.
Uno de ellos, don Gilberto Armienta, me enseñó que el ejercicio del periodismo es más complicado de lo que suponen.
No se trata sólo de decir la verdad, se trata de discernir entre lo que la gente quiere saber y lo que la gente debe saber; se trata de generar conciencia social no confusión.
DISCURSOS DE AMLO, UN RETO A LA PACIENCIA
El discurso del presidente López en el Zócalo, por ejemplo, parecería digno de divulgarse puesto que es una digestión rápida de lo que debe ser el informe que recibe el Congreso de la Unión (“rápida” es un decir, los discursos de don Andrés suelen ser un reto a la paciencia).
Vale como resumen, así haya sido más bien un manifiesto ideológico.
Aunque hay organizaciones como Verificado.mx que revisan la veracidad del discurso público, la última palabra sobre un informe presidencial, resumido o extendido, la tiene el Congreso de la Unión.
Tanto en el casi informe popular, como en el análisis que se haga en el Congreso, saldrán muchos detalles que pondrán en duda la veracidad o la exactitud de los datos.
En ambos casos, tampoco son confiables.
Decía mi agüelo cuando le reclamaban por presumir: “mataron a un viejillo porque no alabó a su bordón”.
Es obvio que el presidente alabará el suyo, su régimen. Y es obvio que los bastones y muletas de prejuicios políticos serán el instrumento principal del análisis de los legisladores, porque su minusvalidez social es notoria.


