Opinión

El reportero

Gabriel Contreras DETONA® y evoca aquellos días en los que Perla Cano me llama urgentemente porque tiene disponible para entrevista a un autor perfectamente desconocido y que, al parecer, solo le importa a la Editorial.

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Por Gabriel Contreras
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Ring, ring, los teléfonos de entonces eran realmente ruidosos. 

Acudí al restaurante del Hotel Ancira y me encontré con un hombre delgado, amante del café cortado, iba el señor vestido con un chaleco caqui y mezclilla, al parecer he olvidado sus botas de montaña de piel de color negro. 

No estoy seguro. 

Me dijo me llamo Arturo Pérez Reverte y he sido muchos años reportero de guerra, aunque eso ya se acabó. 

No me sonaba a nada porque nunca había oído de ese personaje. 

El asunto es que el me fue diciendo que esto y que aquello. 

Su voz me sonaba un poco Sabina, un poco Almodóvar, como un personaje arrancado de la galería de recuerdos de La movida madrileña, pero nada mas. 

Yo de pendejo no cuadraba, no cuadraba. 

Ahora tengo varias novelas en perspectiva, así fue su promesa. 

Esta es una de ellas, ojalá interese: “La tabla de Flandes”. 

Puso el libro en la mesa mientras yo tomaba una coca con limón y pensaba en qué puta madre le voy a preguntar a este señor que no tengo idea de que hace aquí... 

Él me platicó sobre el perfil del corresponsal, cosas sueltas, un poco caóticas,  evocó la metralla en Kosovo, el horror de las bibliotecas incendiadas, enumeró niños despedazados. 

En fin, habló de lo que sabe, de lo que sabía. 

Escuché, anoté, redacté, y al paso de los años me di cuenta de que aquella obra de ajedrez y espadas era solo el anticipo de las obsesiones que acabarían por conformar un corpus novelístico que hoy llama la atención dentro del panorama de las letras en castellano. 

Guerra, abusos, política y espadas conviven hoy dentro de la novelística de aquel ex reportero que se veía un tanto vapuleado pero con ganas de seguir mientras fumaba en una mesa del Ancira. 

Frente a él, las ventanas, las cortinas, las escaleras nos hablaban sobre arquitectura francesa, y a mí me iba interesando la velocidad de su narración, ese seseo tan de Madrid, y me iba preguntando si el periodismo tiene que ser algo pasajero por razones puramente físicas. 

Corte directo a Sala de redacción, noche. 

Con una luz insuficiente, fui tecleando con la energía que te brindan las Sabritas y la música de Dave Brubeck: alrededor los reporteros invertían su valioso tiempo en comentar goles y culos. 

Yo a lo mío: fui tomando el texto en bloques, recortando, suavizando esto, inventando aquello, hasta que tuve en las manos algo parecido a una entrevista y tuve que llamarle a Perla Cano, porque era yo tan pendejo y tan pobre que no tenía ni una cámara fotográfica (sigo igual). 

Ella consiguió, no sé ni cómo, una imagen en ByN de 5 x 7 y el texto se publicó. 

Primera de cultura. 

No conservo esa página, casi no conservo nada… Con los años, Alfaguara, Sealtiel Altriste y el grupo Prisa le sirvieron apoyo a los pasos de Pérez Reverte… 

En fin, todo sumado da por consecuencia la imagen de un referente de las letras hispanas, un novelista de largo aliento y un académico. 

Nos guste o no, nos atraiga o no: su importancia es mayúscula, y seguirá creciendo. 

Hoy que lo recuerdo me parece un capítulo bonito en medio del lodoso  fragor del periodismo, una especie de pequeño oasis... 

La cosa es esa, que me acuerdo de un Pérez Reverte inquieto, principiante, de barba partida, anteojos redondos y ojos brillantes. 

Algo así.