Crónica de una epifanía a la fuerza

El Fiasco Dialéctico de los Doctores de RIDÍCULO.
Hay una especie de "doctos ignorantes" habitando los cubículos de las facultades norteñas —con el doctor Danilo, el doctor MARIO Humberto y compañía a la cabeza— que confunden haber leído a AUTORES EN LAS UNIVERSIDADES con entender la política real.
Estos personajes, armados con doctorados de la UANL o títulos de la mismísima Sorbona de París, asumen que sus pergaminos dorados los facultan para recetarle verdades a la realidad sin despeinarse ni ensuciarse los zapatos en las calles de Apodaca o Guadalupe.
Para ellos, la ignorancia es un escudo pavimentado con becas.
El problema es que sus elegantes fórmulas sobre O GESTOS DE LA CARA PARA DESCUBRIR MENTIRAS "despertares ontológicos" y "lealtades líquidas" se evaporan de inmediato cuando el calor de Monterrey aprieta a 42 grados.
Su termómetro se rompe por completo cuando la burocracia partidista los obliga a salir al campo.
Ahí, atrapados bajo el sol inclemente de un mitin de plaza pública, intentan procesar el entorno con filosofía abstracta, hasta que un operador político de colonia les acomoda un empujón para gritarles que se muevan porque ya van a repartir los lonches.
Son los astrónomos de la fábula, cayéndose de cabeza en la cisterna de la realidad material.
El desnudamiento total ocurre cuando se les descompone el auto y no les queda más remedio que subirse a un camión urbano saturado.
Hacinados entre ciudadanos reales que exigen soluciones al transporte, estos académicos intentan traducir la obviedad a lo incomprensible explicando que padecen una "fluctuación estratégica".
La respuesta de la calle siempre es fulminante:
"Cállese, viejo payaso, lo que pasa es que el chofer viene compitiendo por el pasaje".
Es el quiebre absoluto de su soberbia.
El misticismo de clóset y los adjetivos domingueros se derrumban ante el pragmatismo feroz del suelo que pisan.
Para ilustrar la estrepitosa caída de estos doctores desde sus pedestales abstractos hasta la cruda realpolitik regiomontana, no hacen falta teorías complejas, bastan los refranes populares de la gente que sí trabaja: una cosa es ver la vaca y otra ir a ordeñarla, y definitivamente, una cosa es cacarear y otra muy diferente es poner el huevo.
Ojalá que la demolición de su ego les deje, al menos, una mente de principiante; porque un título universitario sirve perfectamente para colgarlo en la pared, pero jamás para usarlo como anteojeras ante la verdad.


