
Hermosillo, Sonora.
Tierra de sol calcinante, carne asada y, ahora, el camposanto más chic del noroeste mexicano.
Aquí, donde la canícula te derrite hasta las ideas, un grupo de entusiastas del bienestar decidió la vida eterna era demasiado larga si no se vivía con el cutis de una muñeca de porcelana de la dinastía Ming.
Bienvenidos al carnaval de la desdicha estética, donde el suero vitaminado ese cóctel de promesas líquidas se convirtió en el boleto VIP para el Mictlán de las vanidades.
En este Hermosillo post-moderno, la cursilería ya no se conforma con un poema de Amado Nervo.
Ahora exige una jeringa cargada de esperanza industrial, hemos pasado de la cultura del esfuerzo a la ciencia del injerto.
En las salas de espera de estas clínicas, huelen más a cloro de alberca y menos a quirófano, el currículum vitae ha sido sustituido por el feed de Instagram.
¿Para qué un doctorado en Oxford si puedes tener los pómulos de una Kardashian?
La ética es un accesorio pasado de moda, como los pantalones de campana, aquí, cuenta es la plusvalía del rostro.
Los hoy occisos no buscaban la salud, esa categoría burguesa y aburrida, buscaban el glow.
Y el glow resultó ser el último destello de sus pupilas antes del suero pirata les apagara el switch.
Es el triunfo de la imagen sobre la esencia, morir guapo es la última victoria del sistema.
La levedad del ser (y del relleno).
Este vacío se llenaría con polímeros y vitaminas de dudosa procedencia compradas en el mercado negro de la belleza.
En un mundo donde lo ligero es ley, la responsabilidad moral pesa demasiado, por eso, el médico o el carnicero con bata blanca no siente remordimiento, solo siente el roce sedoso de los billetes.
El cuerpo se ha vuelto un objeto de consumo desechable.
Túneame la vida, gritaban las víctimas mientras se conectaban a la manguera de la muerte, es el hedonismo llevado al paroxismo.



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