ילדה קטנה דְּבוֹרָה estaba tan llena de odio, que le brotaba de su cuerpo al menor pinchazo

Les platico:
Durante mi tercera estancia en los kibutz de Israel conocí a una chica palestina que formaba parte de la comunidad de Kfar Aza, el más cercano a la frontera con Gaza, 3 kilómetros de distancia.
Es inusual que alguien ajeno al judaísmo trabaje en esas cooperativas socialistas llamadas kibutz.
Y cuando los patriarcas hicieron conmigo una excepción, al conocer a Nina supe que no había sido el único.
No soy del todo ajeno al judaísmo. Mi abuelo paterno profesaba esa religión.
Se apellidaba Heron Heimann y había nacido en Gdansk, el puerto polaco que hizo famoso Lech Walessa y su sindicato Solidarnôsk, Solidaridad.
Cuando mi abuelo y su familia huyeron de la persecución nazi, no estaba en su radar la tierra prometida en los territorios de Palestina.
Emigraron a Estados Unidos y como don Plácido era ferrocarrilero, a los tres años cruzaron la frontera y se instalaron en la región carbonífera de Coahuila para encargarse de la transportación de ese mineral hacia la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey.
Debido a que la persecución era feroz, castellanizó su primer apellido y se convirtió en Garza para burlar a los agentes alemanes que emprendieron una cacería por muchas partes del mundo en busca de judíos europeos, principalmente.
Mi abuelo conservó el apellido materno para que no se le fuera a olvidar de donde provenía.
Documenté esta historia y me valió para ser aceptado en las comunidades de los tres kibutz.
Nina me enseñó que las mujeres tienen mayor capacidad de odio que los hombres
No quiero generalizar pero la vida me ha confirmado eso una y otra vez.
Quizá en Nina se exacerbaba tal sentimiento por el drama milenario que padecen los palestinos, los de la tierra eternamente ocupada y arrebatada. Los desplazados.
En vez de sangre, a Nina le brotaba odio
Cierta vez que la escuché narrando sus andanzas le dije que si se pinchaba con un alfiler cualquier parte de su cuerpo, en vez de sangre brotaría odio.
Padecía una enfermedad detrás de otra.
Era quejumbrosa diamadre pero trabajaba tanto que se llamaba ילדה קטנה דְּבוֹרָה
Nina Dvora, cuyo apellido significa “abeja” en hebreo.
Tenía una memoria prodigiosa para los pasajes más desgarradores de su vida, pero esos recuerdos le pesaban tanto, que una vez le dije que vivía atrapada en el pasado.
“Cargas tanto odio que por eso estás enferma todo el tiempo”, le dije, con la mejor intención posible.
Todas sus virtudes -que eran muchas- se opacaban ante el odio que sentía.
“Y tú, a poco no odias? ¿De qué estás cargado?", me desafió un día.


