Estrategia, no euforia

En el campo de las políticas públicas, los golpes espectaculares suelen producir dos tentaciones simétricas:
El triunfalismo —“esto ya se resolvió”— y la parálisis —“ahora viene lo peor”—, ambas son malas consejeras, y ambas se combaten con lo mismo: estrategia.
En los últimos días, todos los medios nacionales e internacionales reportaron los detalles del operativo del domingo pasado en Tapalpa, Jalisco, seguida de reacciones violentas y disrupciones en distintos puntos del país.
También leímos comentarios y opiniones de los expertos. Ciudadanos, empresas y gobiernos hemos sido afectados por un evento de alto impacto:
No solo por el valor simbólico del objetivo, sino por los efectos de segundo orden —fragmentación, luchas sucesorias, reacomodos regionales, incentivos para rivales— que suelen abrirse después de la caída de un “jefe” criminal.
Aquí es donde conviene alejarnos del lenguaje épico y entrar en el terreno de la estrategia.
Uno de los expertos en este campo es el profesor Roger Martin, escritor, asesor estratégico y, en 2017, fue nombrado el pensador de gestión número uno del mundo, también fue decano de la Escuela de Administración Rotman de la Universidad de Toronto y director en Monitor Company.
En el mundo corporativo, Roger Martin insiste en una definición desarmantemente útil:
“la estrategia no es un plan voluminoso; es un conjunto de decisiones integradas para ganar”.
En gobierno, “ganar” no significa humillar a un adversario, significa reducir la violencia de forma sostenible, proteger a la población, preservar el Estado de derecho y mejorar la cooperación internacional sin comprometer soberanía.
Dicho de otro modo: no basta con el golpe, importa el tablero de ajedrez que queda después.
Diagnóstico antes que narrativa
Richard Rumelt, profesor emérito de la Escuela de Administración Anderson, de la Universidad de California en Los Ángeles, en su obra maestra Good Strategy, Bad Strategy, define el “kernel” o núcleo de la buena estrategia en tres pilares:
Un diagnóstico, una política guía y acciones coherentes, en México, solemos saltarnos el primer paso: preferimos la narrativa, pero el diagnóstico es la diferencia entre operar con precisión o actuar a ciegas.
Después de un golpe como este, el diagnóstico clave no es “ya no está el líder”, sino:
- ¿Qué tan cohesionada era la organización y qué tan “personalista” era su mando?
- ¿Qué plazas y economías criminales sostienen sus rentas (puertos, rutas, extorsión, minería, combustibles, etc.)?
- ¿Qué facciones pueden fragmentarse, qué alianzas pueden surgir y dónde se concentrará la violencia?
- ¿Cuáles son los riesgos para la infraestructura crítica, turismo, transporte y comercio?
Sin ese mapa, el Estado cae en la improvisación: se despliega donde hay cámaras, no donde hay riesgo, se reacciona al evento, no a la dinámica.
Elegir el campo de juego (y lo que no se hará)
Roger Martin resumiría el siguiente dilema en dos preguntas:
“¿dónde jugar?” y “¿cómo ganar?”.
Un gobierno no tiene recursos infinitos: la estrategia exige decidir con brutal honestidad qué frentes son prioritarios y cuáles no se pueden atender al mismo tiempo.
Aquí entra una lección clásica de Michael Porter: la estrategia implica trade-offs, elegir es también renunciar, si se intenta “ganar en todo”, se termina ganando en nada, tras un golpe de alto perfil, el Estado debe escoger pocos frentes decisivos, por ejemplo:
- Control territorial y protección ciudadana en puntos con mayor probabilidad de escalamiento.
- Interdicción financiera (congelamiento, decomisos, redes de lavado).
- Puertos y aduanas como nodos de precursores y armas.
- Justicia e investigación para que el golpe no sea solo táctico, sino judicialmente sostenible.
Y, quizá más importante: definir lo que no se hará en el corto plazo, para no dispersar fuerza ni crear incentivos perversos.
Acciones coherentes: el antídoto contra la ocurrencia
El tercer elemento de Rumelt —acciones coherentes— es el más subestimado en los gobiernos.
La coherencia significa que seguridad, inteligencia, finanzas, aduanas, fiscalías, comunicación pública y relación bilateral trabajan bajo el mismo marco, con prioridades comunes y métricas realistas.
En México, muchas veces la política de seguridad se “fragmenta” por diseño, cada institución protege su feudo, compite por créditos y filtra información, tras un golpe mayor, eso es letal, si hay un momento para imponer disciplina interinstitucional, es este.
Una regla simple: si la acción del domingo pasado no reduce la capacidad operativa del crimen (y su renta), solo produce ruido.

