Cuando el mundo miró a otro lado: Venezuela, el éxodo y la hipocresía internacional

A partir de la operación realizada por Estados Unidos contra el régimen de Nicolás Maduro en Caracas, Venezuela, las redes sociales se inundaron de algo que durante años fue sistemáticamente ignorado: la voz del pueblo venezolano real.
No la de los burócratas, no la de los activistas de escritorio, sino la de millones de personas que tuvieron que abandonar su país en los últimos 25 años porque simplemente ya no se podía vivir ahí.
Hablamos de hambre, de represión, de falta absoluta de oportunidades, de hospitales sin medicinas, de apagones interminables, de violencia cotidiana y de un Estado que se convirtió en enemigo de su propia gente.
No es un discurso ideológico, es un recuento de supervivencia.
Más de 7.5 millones de venezolanos han emigrado, uno de los éxodos más grandes del planeta en tiempos de paz. Se fueron principalmente a Colombia, Perú, Chile, Brasil, Estados Unidos y Europa.
Muchos caminaron kilómetros interminables, cruzaron fronteras sin documentos, durmieron en la calle, pidieron comida, llegaron sin dinero y sin red de apoyo.
Eso no es migración voluntaria: eso es huida.
Durante todo ese tiempo, el mundo “civilizado” miró hacia otro lado.
La ONU emitió comunicados, las ONG redactaron informes, los gobiernos “condenaron” con palabras suaves.
Pero nadie hizo nada en serio.
Y hoy, los mismos que guardaron silencio durante décadas, pretenden dar lecciones morales.
El petróleo como excusa y la indignación selectiva.
Desde el primer minuto, apareció el coro de siempre: “Estados Unidos solo va por el petróleo”.
Es una frase cómoda, simplista y profundamente hipócrita.
Porque si ese fuera el argumento central, habría que decir entonces que Cuba, Rusia, China e Irán también fueron —y siguen siendo— socios petroleros de Venezuela, y nadie los vio protestar por eso.
Ninguno de esos países mejoró la vida del venezolano común; al contrario, fueron parte del saqueo mientras el pueblo se empobrecía.
En países como México, vemos a los profesionales de la marcha antiyanqui salir a pintar bardas, cerrar calles y plantarse frente a la Embajada de Estados Unidos con discursos sobre soberanía y autodeterminación.
Lo curioso es que jamás marcharon cuando el régimen venezolano mataba de hambre a su gente, cuando millones huían caminando, cuando se violaban derechos humanos de forma sistemática.
Su indignación no es humanitaria, es ideológica y selectiva.

La realidad incómoda es esta: una parte muy significativa del pueblo venezolano, dentro y fuera del país, aprueba que alguien haya actuado.
No porque idealicen a Estados Unidos, sino porque ya no quedaban opciones reales.
Después de 25 años de dictadura, elecciones robadas, sanciones inútiles y diplomacia fallida, la paciencia se agotó.
“Haiga sido como haiga sido”: lo que viene después.
Como se dice coloquialmente en México, “haiga sido como haiga sido”, hoy existe al menos una posibilidad de cambio real.
No es un escenario perfecto, no es limpio, no es indoloro, pero es distinto a la parálisis criminal de los últimos 25 años.
La comparación es brutalmente clara: durante todo este tiempo, el pueblo venezolano era dueño del 100 % de nada.
El petróleo no era suyo; era de las élites chavistas-maduristas y de sus socios extranjeros.
La riqueza existía, pero nunca llegó a la gente.
En el mejor de los escenarios futuros, Venezuela podría recuperar una parte real de su riqueza petrolera y de otros recursos, aunque sea el 40 % o el 50 %, con supervisión, transparencia y reglas claras.
Eso, comparado con el cero absoluto que vivieron millones, ya es un cambio estructural.
No se trata de celebrar intervenciones ni de romantizar la geopolítica, sino de reconocer una verdad incómoda: la soberanía sin pan, sin derechos y sin futuro es solo una palabra vacía.
Quienes hoy gritan desde la comodidad de sus países deberían preguntarse algo simple: ¿qué hicieron ellos mientras Venezuela se desangraba?
Porque para millones de venezolanos que caminaron sin dinero, que enterraron familiares, que lo perdieron todo, la discusión no es ideológica, es existencial.
