
No se confundan, no es un festival de Holi en la India, aquí, el verde es el de los billetes ensangrentados del narco.
El negro es el de las bolsas de polietileno tiradas en brechas de Nuevo León; y el rojo, bueno, el rojo es el único color inagotable, el pigmento universal de la estupidez humana.
Nuevo León, el Cerro de la Silla tiene ojos (y no dicen nada).
Empecemos por casa, donde el cabrito se marida con el miedo, en Nuevo León, la desaparición forzada se ha vuelto un deporte regional tan popular como el fútbol, pero sin trofeos.
Aquí, desaparecer es un verbo transitivo que se conjugado en las carreteras que llevan a Laredo, la carretera de la muerte no es un apodo de marketing, es inventario.
Mientras los políticos regios se toman selfies con camiones eléctricos y soñaban con HUBS, las madres de familia buscan tesoros donde nadie quiere encontrar.
Restos óseos en las faldas de los cerros, la trata de blancas en los antros del centro de Monterrey es secreto a voces, todos bailan, chicas que llegan buscando el sueño del norte y terminan siendo el color rosa pálido de una habitación sin ventanas.
El cinismo es tal, si no hay cuerpo, no hay delito, y si no hay delito, ¡felicidades!, las estadísticas de seguridad están de maravilla.
México, la fosa grande.
Somos un país de artistas, expertos en el arte de la desaparición, según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas, ya rebasamos la cifra de los 100,000 ausentes.
Una cifra redonda, estética, casi poética si no fuera porque cada número tiene un nombre, alguien grita en una plaza.
El narcotráfico y el ajuste de cuentas son la pintura retocando el mapa nacional, el amarillismo de los tabloides se queda corto, la realidad es más creativa.
¿Migración? El color de la piel de los centroamericanos se funde con el marrón del desierto mientras el crimen organizado los usa como carne de cañón o mercancía.
El sueño americano es, en realidad, pesadilla daltónica donde el único color valioso es el de la moneda que pagas al coyote.



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