El Sindicato de los Malitos

- Existió una época en Monterrey —que vivimos varias generaciones nacidas de los cincuenta en adelante— donde las fantasías se construían de frente, con peluca, maquillaje y la honestidad de quien se sabe payaso.
Cuando los creadores de Las Aventuritas armaban una trama sobre espías o batallas militares, recurrían a la pureza del juego:
El Profesor Pilocho inventaba un artefacto ridículo y Pipo Morrow tropezaba con los villanos en una esquina cualquiera de la ciudad.
El público reía porque el pacto era transparente:
Aquello era una hermosa mentira diseñada para alegrar la tarde.
Hoy, sin embargo, la televisión y las redes han sido invadidas por una nueva estirpe de contadores de historias.
Son aprendices de comediantes disfrazados de analistas solemnes, malos copistas de la ficción que, bajo el nombre de periodistas como Ramón Alberto, se dedican a saturar el ambiente con libretos increíbles.
Pero a diferencia de Pipo, estos nuevos narradores no tienen gracia ni pudor:
Inventan que la Presidenta de la República está a punto de firmar su renuncia y, cuando el tiempo demuestra el fiasco de su guion, no piden disculpas.
Simplemente sacan de la manga un capítulo nuevo sobre una inminente intervención extranjera para ver si así estiran el interés de su menguante audiencia.
El contraste es trágico y ridículo. Mientras los autores de Pipo utilizaban la imaginación para elevar el espíritu y unir a las familias a través del arte, el mal copista moderno deforma la realidad por mera vanidad o por la rentabilidad del escándalo.
El problema del charlatán contemporáneo es que carece de las virtudes de los viejos maestros de Canal 2:
- No tiene el rigor del periodista ni el talento del payaso, quedando atrapado en el peor de los mundos: el de un contador de cuentos al que ya nadie le cree el final.
Advertencia final para los malos creadores de fatídicos acontecimientos
Quede esto como una advertencia rigurosa para la nueva estirpe de libretistas del desastre, para esos inventores de conspiraciones de oficina y renuncias de humo:
El público puede perdonar a un payaso profesional que le vende una mentira transparente, pero nunca perdonará a un analista solemne que intente disfrazar su propia incompetencia de primicia informativa.
Cuando el telón de la realidad cae y los supuestos complots internacionales terminan en el ridículo, el espectador no experimenta el terror de la tragedia, sino el bostezo del engaño mal actuado.
No se confundan, señores del escándalo manufacturado: la imaginación es un don que exige el rigor de los maestros, la gracia del slapstick y la dignidad de mirar a la audiencia a los ojos.
Si van a seguir inventando invasiones extranjeras y caídas de imperios desde sus escritorios, al menos tengan la decencia elemental de comprarse una peluca, pintarse la nariz de rojo y pedirle permiso a la memoria del Profesor Pilocho; porque hasta para ser un "Malito" de la televisión se necesita un talento que la vanidad nunca les va a dar.
La posteridad frente al olvido
El tiempo, que siempre tiene la última palabra, ya está archivando esas supuestas exclusivas en el cesto de la basura.
Nos recuerda, además, que el destino más triste para un charlatán no es el castigo, sino la desconexión total de un público que simplemente decide cambiar de canal.
La imaginación auténtica de José Marroquín Leal sobrevivió a su época y quedó grabada como un patrimonio afectivo de Nuevo León. En cambio, la saturación informativa actual está condemned al desgaste rápido.
El público, cansado de libretos amateurs disfrazados de noticias, termina viendo al analista no como un periodista respetable, sino como un aprendiz de comediante malogrado que carece de la dignidad, el rigor y la gracia que caracterizaban a los verdaderos constructores de fantasía de la televisión regia.


