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Mañana arranca el circo y la carpa se extiende por toda Norteamérica, olvídense de la soberanía nacional, de las fronteras y de las constituciones locales.
A partir de las primeras horas de este jueves, México, Estados Unidos y Canadá suspenden sus leyes para someterse al código de barras del verdadero Estado supremo: la Fédération Internationale de Football Association.
Un país sin territorio, pero con ejército de contadores, con sede en Zúrich, Suiza, ese paraíso fiscal con olor a chocolate y dinero lavado, desde donde se decide qué mortales tienen el derecho de endeudar a sus pueblos para patear un balón.
Esta vez el capricho expansionista llegó al delirio, cuarenta y ocho selecciones, un récord absurdo.
Cuarenta y ocho delegaciones buscando la gloria mítica en una pasarela que incluye representantes de los siete continentes sí, hasta la Antártida tendría mejor control de daños financieros que los organizadores.
Para albergar este monstruo hipertrofiado, la FIFA aplica la milenaria "ley del gandalla".
El mecanismo es una belleza del cinismo corporativo: el organismo suizo expropia temporalmente los estadios, impone zonas de exclusión comercial, fija precios impagables para el ciudadano de a pie y, de paso, le escupe en la cara a los tradicionales dueños de palcos y plateas, despojados de sus derechos adquiridos porque una marca de cerveza gringa exige el espacio.
La FIFA se lleva el cien por ciento de las ganancias limpias de polvo y paja; las pérdidas, la seguridad y la basura se quedan en casa.
La historia de esta nación invisible es un melodrama de mafiosos con cuello blanco, cómo extrañar al viejo João Havelange, aquel patriarca brasileño que enseñó al mundo que el fútbol no era un deporte, sino un negocio de televisión y favores políticos.
Tras su caída en desgracia, el trono mutó hasta la llegada de Gianni Infantino, el prestidigitador calvo que perfeccionó el arte de la sonrisa hipócrita mientras devoraba los restos de Michel Platini, el astro francés que pecó de ingenuo al creer que el cinismo europeo bastaría para salvarlo del ostracismo tras los escándalos del FIFA-Gate.
Platini hoy es un fantasma; Infantino es el monarca absoluto de un imperio que no conoce la vergüenza.
Y esta inaudita justa tripartita aterriza, para colmo, en el peor momento de la geopolítica contemporánea.
En la Casa Blanca despacha un anciano gobernante, un auténtico monumento al racismo, la agresión y la xenofobia; un personaje obsesionado con los muros que ahora debe abrir las fronteras para que entren millones de extranjeros a los que desprecia.
Desde los lujos de Mar-a-Lago, el "taco boy" lanza sus andanadas diarias: insulta a un México sumido en un desastre institucional y económico aparente, mientras asfixia a una Canadá que soporta con estoicismo los berrinches arancelarios y los tuits incendiarios del magnate.


